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Homenaje a Guillermo Héctor Rodríguez

 



GUILLERMO HÉCTOR RODRÍGUEZ (1910-1988)

Héctor Rodríguez Espinoza

 

Iusfilósofo del Derecho, ardiente defensor del neokantismo de la escuela de Marburgo (principalmente a través de las obras de Pablo Natorp), nació en Coatepec, muy cerca de Jalapa (donde alumbró otra inteligencia privilegiada: Miguel Lerdo de Tejada, mientras la mediocridad de su hermano Sebastián es la «celebridad») el 9 de diciembre de 1910, en una familia humilde. Fue profesor de filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, hasta su jubilación –a pesar de que, según denuncia Alvaro Cepeda Neri-, en el volumen publicado en 1994 con motivo de los 70 años de esa Facultad, ni se le menciona.

Entre abril y agosto de 1937 el joven Guillermo Héctor Rodríguez mantuvo una famosa polémica con Antonio Caso -que había sido profesor suyo-, sobre el neokantismo (recogida en 1945 en un libro). Tiene interés su parcial informe sobre La Filosofía en México (publicado en 1949), disponible en el Proyecto Filosofía en español desde diciembre de 2005, en el que ofrece una panorámica ideológico institucional del ambiente filosófico mexicano tras la segunda guerra mundial, desde una indisimulada óptica neokantiana, y donde no se evitan comentarios como el siguiente, referido al entorno orteguiano:

 «Aparte de sus traducciones, que no se limitan a libros de Filosofía, han escrito haciendo uso de las metáforas y galanuras de Ortega y Gasset, libros sobre Filosofía, sobre Filosofía del Derecho y Sociología, etc., engrosando así la ya vasta literatura hispanoamericana de tinte romántico, irracionalista, historicista, existencialista, relativista, escéptica, ecléctica y al mismo tiempo religiosa, estrechamente emparentada con las concepciones autocráticas en que se alimentaron el nazismo y el fascismo, por más que su vida práctica está limpia y sin mácula de realizar ninguna de las dos autocracias; pero no podemos decir lo mismo de Ortega y Gasset (Ortega y Gasset está actualmente al servicio de la autocracia religiosa de Francisco Franco y radica en España...).»

        

Rodolfo Vázquez afirma:

“Sin temor a la simplificación, se piensa que la filosofía contemporánea del derecho en México, a partir de 1945, gira en torno a cuatro figuras, dos de ellas originales y reconocidas internacionalmente, me refiero a Luis Recasens Siches y a Eduardo García Máynez; y las otras dos, brillantes y más locales, Guillermo Héctor Rodríguez y Rafael Preciado Hernández. [...]

De Guillermo Héctor Rodríguez, neokantiano de la línea de Marburgo y estudioso y seguidor de Stammler y Kelsen, la situación es un tanto distinta; su obra no ha tenido la trascendencia necesaria para ser valorada, pero su importancia se mide en los discípulos que dejó. Desde mediados de los sesentas se conforma el grupo de los neokantianos alrededor de Rodríguez: Ulises Schmill, Agustín Pérez Carrillo, Javier Esquivel y Rolando Tamayo. Un sello que los caracteriza es su agudo conocimiento y manejo de la obra de Kelsen. Hacia fines de los sesentas este grupo toma contacto con la filosofía analítica que se desarrollaba pujantemente en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, con gente como Luis Villoro, Fernando Salmerón y, especialmente, Alejandro Rossi. A través de ellos y del Instituto se conoce la filosofía analítica del derecho argentina en personas como Roberto Vernengo, Carlos Alchourrón, Eugenio Bulygin, Ernesto Garzón Valdés y Carlos Nino. Estos, a su vez, dan a conocer en México el pensamiento de Alf Ross, Herbert Hart, H. von Wright, entre otros. Gente más joven comenzó a beneficiarse de toda esta oleada nueva y provocativa, entre ellos, Alvaro Rodríguez Tirado y Alfonso Oñate Laborde.» **(Rodolfo Vázquez, «Rolando Tamayo y Salmorán. Elementos para una teoría general del derecho», Estudios. Filosofía, historia, letras, primavera 1993.)

Alvaro Cepeda Neri escribe:

 

«I. El 4 de mayo de 1988 falleció un hombre sabio: Guillermo Héctor Rodríguez, sobre cuya lápida se escribió: «Y porque esta energía vital late en él, ha de vivir mientras que en el mundo palpite un corazón y trabaje un cerebro» (palabras de Pablo Natorp en su memorable ensayo: “Kant y la Escuela de Marburgo”).

Murió en Veracruz, en donde había nacido. En sus últimos días estaba casi solo. Abandonado, incluso, por la mayoría de quienes, mucho o poco, cosecharon, de sus enseñanzas dentro y fuera de las aulas, «algún germen de ilustración». Sobrevivió sus últimos años muy cerca de la miseria; auxiliado, apenas, por dos o tres voluntades generosas. Lo más inconcebible: olvidado por la UNAM, a la que dedicó su talento deslumbrante; sus documentadas y penetrantes investigaciones; toda su vida académica y su pasión por compartir una ilustración crítica.

II. G. H. Rodríguez sembró el atrévete a pensar en la cabeza y el corazón de muchos universitarios que pasaron por las aulas (y su casa), donde, adversario de dictar cátedra, distribuía sus conocimientos, sus reflexiones y sus hipótesis críticas. Fue un sabio, un auténtico pensador. Un gran racionalista. Polemista impecable e implacable. Un combatiente de la razón, por la razón y para la razón. Sus armas: el legado de Kant: «libertad para hacer un uso público de la propia razón... y pensar por sí mismo». Conversador y expositor fascinante, parecía físicamente un Sócrates y mentalmente un Protágoras; recreaba los problemas centrales de los rendimientos humanos por medio del método crítico. Éste enseña no una verdad absoluta, caída del cielo o heredada, sino el camino para irla creando y enriqueciendo en sus diversas manifestaciones históricas. La tarea de preguntar y responder, tan infinita o finita como la humanidad, funda la búsqueda del conocimiento. La ilustración, la cultura y el conocimiento científico, son conquistas. Una dura y penosa conquista, de Prometeo a Sísifo. No hay nada dado. «¡Navigare necesse est!».

III. Y nadie como G. H. Rodríguez navegó en el «océano sin playas que representa el trabajo infinito» del conocimiento. Nadie como él libró, en un ambiente hostil a la divisa de la ilustración: «¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento!», tantas batallas por estudiar y divulgar a Kant. Y a Kelsen. Y a Popper. Y a toda la historia universal. Todo esto en una atmósfera cargada de platonismo intolerante. En un ambiente saturado por la metafísica del magister dixit, lo dijo el maestro. La réplica a todo eso fue, como la única enseñanza de G. H. Rodríguez: el atrévete a pensar por ti mismo. Y para ello motivó, con discusiones donde todos eran iguales para intervenir, la lectura crítica de los clásicos…de la filosofía, de la literatura, de la economía, del derecho, de la música, de la historia. Este mexicano universal editó por años y sin costo alguno, el Archivo de Metodología Científica, donde publicó y divulgó estudios kantianos y kelsenianos.

IV. Siempre fue Kant su punto de partida y Kelsen su piedra de toque. De la mano de esos dos perdurables críticos de la razón y sus rendimientos, guió a otros en la comprensión de los textos del pensador de Königsberg y de Viena. Con ellos libró combates memorables y despertó en no pocos el ansia de saber. A esta tarea dedicó toda su vida. Su penetrante inteligencia. A su pasión por ilustrar a la juventud invirtió los mejores años de su existencia. Fue un educador para la democracia y para el Imperio de la Ley. Fueron memorables sus polémicas universitarias versus Antonio Caso, Samuel Ramos, los tomistas, los marxistas y toda la metafísica.

Nadie como G. H. Rodríguez, promovió, en la jurisdicción universitaria, los «fines de educar, investigar y difundir la cultura... respetando la libertad de cátedra e investigación, y de libre examen y difusión de las ideas». Nadie como él los tomó tan en serio ni ejerció con tanta plenitud esos derechos. Fue siempre un alumno entre sus alumnos, dispuesto a seguir aprendiendo de las discusiones.

V. Obtuvo dos licenciaturas: en derecho y en filosofía. Escribió, en diez tomos aún inéditos, su investigación sobre Platón y el platonismo. Estudió primaria y secundaria en la capital veracruzana. Y no ambicionó más que una riqueza: la ilustración y su divulgación por medio del ejercicio magisterial. A ello se entregó apasionadamente. Era un griego nacido en México. Murió en el Puerto de Veracruz. Y heredero legítimo de Kant. Descubrió para los mexicanos a los pensadores de la Escuela de Marburgo: Herman Cohen, Pablo Natorp, Ernest Cassirer, Federico Alberto Lange, Vörlander, Merkl, Simmel, etc.

VI. Hizo suya la tarea de combatir los prejuicios y supersticiones, de tal manera que hubiera saludado con su humor singular, los ensayos que han publicado Carl Sagan, en El Mundo y sus Demonios. Y es que Rodríguez explicaba que lo que no pasaba por el tamiz de la crítica científica, eran errores que deberían ser combatidos. Le gustaba repetir aquello que escribió el gran poeta Heine: «¡Atrás, fantasmas!, voy a hablar de un hombre, cuyo nombre ejerce exorcismo poderoso: me refiero a Immanuel Kant» (del libro de Henrich Heine: Alemania). Pero igualmente se propuso el imperativo de difundir lo que sabía y reflexionaba, considerando que toda ilustración era renovación de la visa social e individual, y no patrimonio de doctos de sínodo nocturno. Este ideal de educación normó toda su vida de educador para la democracia y su postulado de que todo acto humano es un acto jurídico.

VII. Escribió ensayos dispersos en varias publicaciones. Empero, no era dado al mucho escribir. En las bibliotecas de la UNAM y en la de México se encuentran sus tesis de licenciatura, en derecho y filosofía. Debo ocuparme, en este aniversario de su fallecimiento, de su texto: Ética y Jurisprudencia, publicado en 1947 y que consta de 206 páginas. Su lectura provoca desde un principio. Y en su preámbulo, nos va dando cuenta y razón de su evolución como estudiante... “Volví a Kant y seguí a sus discípulos: Natorp, Rickert, Stammler, Kelsen y fue entonces cuando rompí y tiré al cesto una utópica Constitución Política de la Humanidad, que había yo escrito sin duda como una víctima más de los ejemplares esfuerzos de Platón en Sicilia y de Plotino ante el emperador Galiano y su mujer Salonina para edificar sobre las ruinas de una ciudad a Platonópolis... Mucha impresión me causó, como es de suponerse, la lectura, en aquella época, de estas palabras de Kant: el primer paso de la razón, en su infancia, es dogmático. El segundo, es escéptico y da testimonio de prudencia, creando la capacidad de juzgar azuzada por la experiencia. Hace falta un tercer paso que sólo la capacidad juzgadora puede llevar a cabo en su madurez y virilidad... el de la Crítica de la Razón».

VIII. Con esas armas kantianas, Rodríguez entra en medio del problema que se plantea: «Pienso encontrarme en el tercer paso de que habla Kant y es así como abordo el problema que desde un comienzo me ha preocupado más reiteradamente: el de la fundamentación objetiva y científica de la Etica». En 55 apartados que constituyen un largo ensayo, va penetrando el tema, hasta fijar a la ética como reflexión sobre lo jurídico, como ciencia del derecho y como órdenes legales que norman conducta humana. Una ética fundamentada en el derecho positivo y cuyos contenidos políticos, morales, económicos, culturales, etc., solamente pueden explicarse a la luz de la ciencia como fines de esos órdenes jurídicos. La ética conoce la acción humana en cuanto voluntad y libertad, y éstas solamente son posibles jurídicamente.

IX. «El hombre, éticamente considerado, no es sino la persona jurídica», escribió, y como tal es centro de imputaciones en su calidad de derechos y obligaciones. Asimismo, lo bueno y lo malo solamente pueden determinarse conforme a los contenidos de las leyes. Si es malo matar, lo es jurídicamente; si es bueno pagar contribuciones, lo es con arreglo a la legislación fiscal. Este comportamiento es, a su vez, lo ético o lo que le corresponde conocer a la ética. La ética se ocupa de la voluntad y la libertad humanas, pero éstas expresadas como medios o contenidos de las leyes que norman conducta humana. «Pero el conocimiento de la acción humana involucra el conocimiento del hombre, de su voluntad y de su libertad que son los conocimientos que exclusivamente pertenecen a la Etica». Es cierto que religiosa y políticamente hay muchos sermones éticos. Y más cierto es que ahora, desde sectores metafísicos nacen propuestas de autodarse códigos de ética para el buen comportamiento, redactados en forma de catecismos o nuevos mandamientos. Son buenos propósitos.

X. Pero la Ética que reflexiona sobre la voluntad y libertad humanas, para más o menos ser una ética universal, ha de sostenerse sobre la ciencia del derecho y sobre los órdenes estatales o jurídicos, cuyos contenidos morales son los que realmente norman la conducta de los individuos en su calidad de personas jurídicas. Las éticas y las diversas morales, para ser obedecidas requieren ser contenidos de leyes generales, para tener consecuencias jurídicas. Objetivamente, la conducta buena o mala se determina de conformidad con lo establecido en las leyes vigentes de un país. «Sin derecho no es posible acción humana alguna, ya sea buena o mala y, como hemos dicho en páginas anteriores, con su muerte Sócrates nos legó esta enseñanza. Pero el conocimiento de la acción humana involucra el conocimiento de la acción humana involucra el conocimiento del hombre, de su voluntad y de su libertad que son los conocimientos que exclusivamente pertenecen a la Ética».

G. H. Rodríguez fue un pensador kantiano-kelseniano. Fue «un maestro de los derechos del hombre, de la igualdad ante la ley, de la ciudadanía mundial, de la paz sobre la tierra y, lo que es quizá más importante, de la emancipación a través del conocimiento». Estas palabras de Popper a Kant (ver ensayo de Karl R. Popper: «La Crítica de Kant y la Cosmología”), sirven, también, para honrar a Rodríguez en este aniversario de su fallecimiento. Un combatiente por la ilustración que 'ha de vivir mientras que en el mundo palpite un corazón y trabaje un cerebro'.» (Alvaro Cepeda Neri, «Guillermo Héctor Rodríguez: combates por la ilustración», internet, 8 de mayo de 1999.)

         …

III. La lectura de ellas rescató de mi memoria que entre mis libros tengo una copia de la polémica que durante cinco meses de 1937, en El Universal, sostuvieron con las mejores armas de su respectiva formación filosófica, el propio Antonio Caso versus Guillermo Héctor Rodríguez. Éste, para entonces, tenía 27 años y Caso había cumplido 54, el doble. Y tal diferencia se explica, porque Rodríguez había sido alumno de Caso. Los dos adversarios intelectuales se habían graduado como abogados en la Facultad de Derecho de la UNAM; pero, mientras Rodríguez también obtuvo su licenciatura y maestría en filosofía, Caso era un autodidacta en tales menesteres.

IV. En su Diccionario Enciclopédico de México, Humberto Musacchio nos ofrece el siguiente retrato biográfico de Caso: «Nació y murió en la Ciudad de México (1883-1946). Abogado. Se dedicó a las disciplinas filosóficas. Combatió al positivismo, doctrina oficial de la educación porfiriana. Cofundador de la revista Savia Moderna (1906) y del Ateneo de la Juventud (1909-10). Primer secretario (1910) y rector (1920-1923) de la Universidad Nacional de México; director de la Escuela Nacional Preparatoria (1909) y de la Facultad de Altos Estudios (1930-32). Desempeñó una misión diplomática especial en varios países sudamericanos. Expositor de reconocida brillantez, defendió en los años 30 la libertad de cátedra y sostuvo una prolongada polémica con su exdiscípulo Vicente Lombardo Toledano, la que publicada como libro se tituló: Idealismo versus materialismo dialéctico. Fue simpatizante y propagandista del fascismo italiano y de los nazis alemanes. Autor de una obra muy abundante, algunos de sus libros tuvieron varias ediciones (los que eran textos obligatorios para sus discípulos, como la Sociología genética y sistemática). Fue miembro del Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de la Lengua».

V. Sobre la biografía de Rodríguez, he publicado dos notas. Una en La Jornada (17/V/88). Y la otra recientemente en México-Hoy (8/V/99). Y en su diccionario, Humberto Musacchio, dice: «Rodríguez, Guillermo Héctor. Nació en Jalapa y murió en el puerto de Veracruz, Ver. (1910-1988). Licenciado en derecho y en filosofía por la UNAM, de la que fue profesor (en ambas facultades) hasta su jubilación. Especialista en Kant, sostuvo polémicas con Antonio Caso, Samuel Ramos y Recaséns Siches. Autor de La fundamentación de la jurisprudencia como ciencia, y Ética y Jurisprudencia. Dejó inédita una obra en diez tomos sobre el platonismo».

VI. En 1994, con motivo de los 70 años de la Facultad de Filosofía y Letras, se publicó un voluminoso y elegante tomo con el propósito de celebrar ese aniversario. No obstante sus casi 600 páginas, en la parte fundamental dedicada a las Semblanzas de profesores, no se menciona ni a Caso ni a Rodríguez en lo que, obviamente, no fue una falta de información, sino que deliberadamente los dejaron fuera; particularmente Rodríguez no fue grato en el ambiente académico de esa Facultad, porque no perteneció a ninguna capilla, además de que su gran arsenal cultural y su poderosa inteligencia defendieron, hasta sus últimas consecuencias, el punto de vista neokantiano de la Escuela de Marburgo (cuyos representantes más destacados fueron: Herman Cohen, Pablo Natorp, Ernest Cassirer y Hans Kelsen). Sobre Caso, el libro se ocupa en la sección Semblanzas de directores.

VII. Poniendo punto y aparte, debo centrarme en los textos de la polémica que escenificaron, maestro y alumno, como un debate de cara a la opinión pública que no se ha vuelto a dar. Rodríguez, físicamente parecido a Sócrates y por su ilustración filosófica como jurídica un Protágoras asido al pensamiento de Kant y de Kelsen, apenas tenía 27 años. Era, por lógica consecuencia un hombre que postulaba, como razonamiento ético-político, a la democracia. Este en la medida que «la médula de todo razonamiento ético-político es la relación entre el sujeto y el objeto del poder, del mismo modo que el sentido de toda especulación epistemológica es la relación entre el sujeto y el objeto de conocimiento» (Hans Kelsen: Esencia y Valor de la Democracia). Caso, por lo contrario, metafísico convicto y confeso, tanto como profundamente religioso y con tendencias políticas autoritarias, terminó afiliándose al fascismo y al nacionalsocialismo.

VIII. Durante cinco meses, abril a agosto de 1937, Rodríguez y Caso discutieron públicamente, confrontando sus concepciones filosóficas que fueron desde la Teoría del Conocimiento hasta rozar cuestiones de la ética y la estética. Pero sobre todo expusieron la filosofía kantiana hasta su renovación en la Escuela de Marbugo (Karl Vorlander: Historia de la Filosofía; Emile Brehier: Historia de la Filosofía; y, de Nicolás Abbagnano: Historia de la Filosofía. Así como de Pablo Natorp: Kant y la Escuela de Marburgo. Y, finalmente, de Ernest Cassirer: Kant, Vida y Doctrina). Caso, sin una sólida orientación filosófica, había pepenado de aquí y de ahí lo que mejor convenía a su caótico punto de vista anclado en la más rancia metafísica del llamado intuicionismo o intuición, como hipótesis muy discutible y fácilmente impugnable.

IX. Fueron 18 los textos que comprenden la polémica, brillante y atractiva por las contundentes réplicas de Rodríguez quien, respetuosamente, como consta en sus ensayos, exhibía en toda su debilidad intelectual las argumentaciones desesperadas de su maestro Caso. Éste inició el debate con su entrega titulada: «Porque No Somos Kantianos», seguida de otra «Kant y los Panlogistas de Marburgo». Trataba de impresionar a su alumno y replicante con un poco del magister dixit: lo dijo el maestro. Pero Rodríguez le propinó tremendo revés, contestando con su ensayo: «La Filosofía Científica Neokantiana y el Valor de la Metafísica y de la Intuición». Esta respuesta habría sido suficiente para liquidar las falsas hipótesis de Caso, pero éste se resistió y prolongó la discusión con ocho contribuciones más, gracias a la hospitalidad que el editor-director de El Universal les brindó. Sobre todo porque se partía de una falsa postura: la de que el maestro le daría una lección al alumno. La historia de esa controversia resultó al revés: el alumno superó al maestro.

X. La cuestión de fondo era que Rodríguez, por su rigurosa formación intelectual en el tríptico: Kant-Cohen-Kelsen y su erudición sustentada en toda la cultura occidental, le daban una amplia ventaja sobre la parcial ilustración de Caso. Y, sobre todo, Rodríguez era poseedor de una inteligencia poderosísima, reconocida por tirios y troyanos del mundo académico de entonces, que le facilitaban sus demoledoras argumentaciones, siempre implacables e impecables. La disputa a la altura de lo que fueron debates griegos (sobre todo de Platón disfrazado de Sócrates contra la auténtica Escuela de Los Sofistas; consultar a Wilhelm Nestle: Historia del Espíritu Griego. W.K.C. Guthrie: Historia de la Filosofía Griega. Y Alfredo Lanos: Los Viejos Sofistas y el Humanismo). Esto porque se ha divulgado tendenciosamente una versión falsificada y para difamar sobre los sofistas, que no es precisamente la historia de Protágoras, Pericles, Fidias, Georgias, Hipias, Tucídides, Eurípides, etcétera.

XI. El libro que se editó con los trabajos de Caso y Rodríguez se tituló: Ensayos polémicos sobre la Escuela filosófica de Marburgo, ocho años después de escenificada, en 1945, un año antes de la muerte de Caso. Éste, como coautor, tenía bajo su nombre la siguiente leyenda: «Dr. Honoris Causa de las Universidades de México, Guatemala y Lima. Director y catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras, Profesor de Sociología en la Facultad Nacional de Jurisprudencia en la UNAM». En lo que respecta a Guillermo Héctor Rodríguez, lo acreditaban únicamente sus títulos de: «Profesor de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras. Y de derecho y sociología en la Facultad Nacional de Jurisprudencia de la UNAM».

XII. El debate sigue manteniendo actualidad y su contenido está exigiendo una reedición. En su momento fueron una oxigenación de la vida académica extra-muros, al permitir que los lectores de periódicos se asomaran a una controversia planteada en un lenguaje sin las exigencias de las aulas. Durante cinco meses, dieron cátedra pública sin ofenderse mutuamente y únicamente enfrentando sus hipótesis, en el sentido expuesto por otro kantiano: «La discusión crítica y racional nos posibilita criticar nuestras hipótesis y eliminarlas como falsas sin exterminar a los descubridores o representantes de las malas hipótesis. Esta es la mayor conquista del método crítico: nos posibilita reconocer hipótesis como equivocadas y juzgarlas sin juzgar a sus portadores. El método de la discusión crítica deja morir a nuestras hipótesis por nosotros» (Karl R. Popper: Sociedad Abierta, Universo Abierto. Tolerancia y Responsabilidad Intelectual. Una conversación con Franz Kreuzer. Ed. Tecnos.-1984). De esta naturaleza fue esa polémica, de la que hoy damos cuenta y razón.» (Álvaro Cepeda Neri, «El debate Guillermo Héctor Rodríguez y Antonio Caso», internet, 31 de julio de 1999.)

         «Guillermo Héctor Rodríguez (1910-1988) … laboró dentro del idealismo crítico en México, principalmente en el ámbito de las disciplinas sociales, a partir del derecho, y de su fundamento, la ética. Lo hacen ver sus trabajos: El ideal de justicia y nuestro derecho positivo (1934), Ensayos polémicos sobre la escuela de Marburgo (1945), Idealismo crítico y derecho natural (1948); y sobre todo su libro Ética y jurisprudencia (1947, México, SEP). Dos tareas fundamentales fueron su preocupación: fundar filosóficamente la política, y fijar los antecedentes históricos del idealismo. Respecto de lo primero, considera que sólo el idealismo crítico es la doctrina de la libertad, y la única filosofía que explica y fundamenta objetiva y cumplidamente los sistemas políticos democráticos, siendo así, la Democracia, la forma de gobierno que en todo y por todo, conviene a la humanidad, en cuanto se le considera la idea de organización social más avanzada. Y en lo que respecta a los antecedentes históricos del idealismo metódico, dedicó casi una década al estudio, más o menos exhaustivo, de idealismo de Platón.» (José Manuel Villalpando Nava, Historia de la filosofía en México, Ed. Porrúa, México 2002, pág. 271, capítulo quinto: «El idealismo crítico.»)

           En la Facultad de Derecho de la UNAM se le brindó, el 18 de abril de 2005, en el Aula Magna Jacinto Pallares, un homenaje y la develación de una placa en su honor, ceremonia en la que intervinieron Rolando Tamayo Salmorán y Ulises Schmill.

       

Selección bibliográfica cronológica

- El ideal de justicia y nuestro Derecho positivo, Imprenta Mundial, México 1934, 89 pp.

- Antonio Caso & Guillermo Héctor Rodríguez, Ensayos polémicos sobre la escuela filosófica de Marburgo, Editorial Stylo (Publicaciones de la Gaceta Filosófica de los Neokantianos de México), México 1945, 167 pp.

- Ética y jurisprudencia, México 1947, 206 pp.

- La Filosofía en México, SEP Talleres Gráficos, México 1949, 34 pp. Textos de Guillermo Héctor Rodríguez en el Proyecto filosofía en español: 1949.  La Filosofía en México. 

 

 
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