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Homenaje al Lic. José Antonio Garcia Ocampo

 


 

El pasado miércoles 23 de febrero, la Universidad de Sonora honró, por sus méritos académicos y cívicos, sobre todo como defensor auténtico de los Derechos Humanos en su carácter de primer Ombudsman del Estado, al abogado y maestro que hoy homenajeamos.

En sus palabras nos relató su arribo a Sonora en enero de 1950, recién terminados sus estudios de Derecho en la UNAM e invitado aquí para descansar, UN MES, de cuatro años de intenso estudio y de trabajo, pues debió costearse su carrera y sostener a su familia. Al poco tiempo fundó la suya con la dama hermosillense Alicia Millán y su hija Alicia María. 

Me consta su ejemplar amor y cuidado filial por sus ancianas madre y por su tía, hasta el final de los días de éstas. 

Nunca se imaginó  que ESE MES de vacaciones se prolongaría por casi 60 AÑOS, décadas en que ha contribuido y dejado huella en: la judicatura; la práctica forense; labores altruistas en el Club de Leones y gremiales en nuestra Barra; la docencia; la defensa de los Derechos Humanos; la procuración de justicia federal y, de nueva cuenta, residir en esta tierra fundada por misioneros jesuitas y que lo considera, por derecho propio, un verdadero misionero de la amistad y del Derecho.

        Su vida académica perduró por más de 32 años y le brindó grandes satisfacciones que ha recibido en su ya larga vida y, la más reciente y agradable sorpresa, la anunció Pedro Ortega: el recinto magno de posgrado en Derecho, donde fue el concurrido evento, llevará el nombre del homenajeado.

Tuve la fortuna de ser su discípulo en la Universidad y su Secretario en la Escuela de Derecho.

Fue Director de la Escuela de Derecho, bajo la Rectoría del Doctor Federico Sotelo.

Si bien su período de Director fue breve, recuerdo que hicimos viaje a la Universidad Nacional para invitar conferencistas para la celebración de aniversario de nuestra Escuela en 1971; y a raíz de ello nos visitaron los dos más grandes juristas mexicanos del siglo XX: Mario de la Cueva y Eduardo García Máynez.  

Sus 32 años de exigente profesor de Garantías Individuales avalaron su designación y desempeño como primer Ombudsman en 1992, respetado a nivel nacional, al ser nombrado Presidente de la Federación Mexicana de Organismos Públicos defensores.

Fui su Secretario Técnico en la Comisión Estatal. No fue nada fácil para todo su equipo de colaboradores y particularmente para él despegar, desde cero, la promoción, divulgación y sobre todo la defensa de las libertades fundamentales de los sonorenses, en un periodo de escalada delincuencia ciertamente común –no la organizada que padecemos ahora- combatida por los cuerpos policiacos acostumbrados, desde siempre, a las peores prácticas de tortura y confesión que contravienen los tratados internacionales y los ordenamientos penales.

Agresivas, eficaces y útiles fueron nuestras tareas de divulgación: la infaltable Revista trimestral y las de promoción de esta cultura entre todas y cada una las etnias del Estado –tradujimos y les repartimos la Constitución Política en sus lenguas-, policías, cadetes, usuarios, seminaristas, estudiantes, periodistas, catedráticos universitarios, presos, médicos y paramédicos, …

    Nos tocó desempeñar nuestras tareas, durante las ejemplares presidencias de la CNDH, de los notables constitucionalistas Jorge Carpizo y Jorge Madrazo.

Amante de la velocidad nuestro homenajeado, no olvido aquel viaje que hicimos por carretera a la ciudad de Chihuahua, para asistir a una Reunión nacional, acompañados de nuestras esposas Alicia y María Dolores. A más de 100 ks. por hora todo el trayecto y, para calmar nuestro nervios y naúseas, nos puso su música preferida, la discografía del trovador de la capital, Chava Flores… Cerró Sus Ojitos Cleto, El Bautizo De Cheto, El Gato Viudo, La Bartola, La Boda De La Vecindad, La Chilindrina, La Interesada, Los Aguaceros De Mayo, Los Quince Años De Espergencia, Mi Chorro De Voz, Peso Sobre Peso, Pichicuas, Sábado Distrito Federal, ¿A qué le tiras cuando sueñas mexicano?

Invitado él al DF terminada su gestión, desde su relevante puesto de Director de Documentación y Controversia Constitucional de la PGR, fundó la Revista de la institución, de rico contenido doctrinal. Desde allá nos organizó para fundar, aquí, la Academia Sonorense del Derecho de la Seguridad Social.

Lleva y se atiende, con gallardía, una enfermedad que no le limita atender asuntos legales y asistir a las sesiones semanales de la Barra Sonorense de abogados, donde sus lógicas y enérgicas intervenciones –como lo hacía en su cátedra- son siempre respetadas.

Por ejemplo, ante la incontrolable delincuencia organizada y con su proverbial anticentralismo denunciado en sus lecciones, sostiene que es momento de aplicar el art. 29 constitucional y suspender, en ciertos y calientes municipios del país, las garantías individuales, …  

Para mi libro Evocaciones de un universitario expresó su “mayor agradecimiento a todos los que fuimos sus alumnos, los buenos, los regulares y los malos; los que siempre le demostramos nuestro afecto y los que, seguramente, por su culpa, no pudo captar tan siquiera nuestra tolerancia. De todos nosotros aprendió mucho. Desde luego mucho más de lo que pudo llegar a enseñarnos. Nada de lo que diga aquí puede pagar tanta dicha de habernos conocido y convivir con nosotros”-, termina sus remembranzas.

Parafraseándolo, debo decir que también nosotros, los barristas,  le debemos nuestro “mayor agradecimiento” por haber tenido el privilegio de haber sido, algunos, sus discípulos; ser, ahora, sus colegas y amigos. De él aprendimos y aprendemos mucho. Desde luego mucho más que sus enseñanzas, por su ejemplo. Nada de lo que diga aquí, tampoco, puede pagar tanta dicha de haberlo conocido y convivir con él.

La Barra Sonorense de Abogados se honra al honrar –en vida, hermano, en vida-, con esta placa que identificará desde hoy y para siempre a nuestra Biblioteca, al maestro, al jurista, al colega y al amigo: José Antonio “pepe toño” García Ocampo.

 

Oración fúnebre

JOSÉ ANTONIO GARCÍA OCAMPO (+)

Héctor Rodríguez Espinoza

 

El que honra, se honra.

José Martí

 

Nos congrega hoy el pesar de despedir, de esta dimensión espacial y temporal, a un distinguido abogado, catedrático, defensor de los/ Derechos/ Humanos, sonorense por adopción  y amigo. 

Llegó por primera vez a Sonora en enero de 1950 al terminar su carrera de Derecho en la UNAM e invitado para descansar de cuatro años de estudio y trabajo arduo, pues debió costearse su carrera y sostener a su familia. Se proponía vacacionar un mes, nunca se imaginó  que se prolongarían por 60 años.

A poco de haber llegado, el Licenciado Ramón Corral Delgado, Magistrado del Supremo Tribunal de Justicia, al saber que trabajó en las Cortes Penales del DF, lo invitó como Secretario. Permaneció hasta junio y preparó su tesis.

En julio regresó a México a titularse, con la promesa de los Magistrados de designarlo Juez de 1ª Instancia, apenas se recibiera.

En enero de 1951 regresó a Sonora. El amor que le inspiró fue “a primera vista”, cautivado por su geografía, su historia y sus gentes. Disfrutó de un recibimiento amable, nunca empañado por la natural desconfianza que se tenía (y se tiene) a los no originarios del Estado.

            Los Magistrados con generosidad lo designaron Juez Penal en Cajeme y en mayo de 1951 en Hermosillo.

            Atendió con celo filial a su madre y su tía, quienes lo habían criado a raíz de su primer infortunio: murió su padre cuando tenía apenas un año de edad.

Se casó con la hermosillense y fiel compañera Alicia Millán, el 12 de noviembre de 1954 y tuvo a su hija Alicia María.

            En 1956, al inaugurarse el cuarto año en la Escuela de Derecho, impartió Garantías y Amparo. La generación fundadora llegaba con tres alumnos; sin edificio, las clases se impartían en aulas prestadas y luego en el ala sur, planta baja, de esta Rectoría.

            Los Maestros eran improvisados, pero con una virtud en extinción: ¡mística!, la forma más espiritual y sublime del amor desinteresado por su cátedra. Me refiero a aquella generación irrepetible de catedráticos: Fortino López Legazpi, Carlos Vicente López Ortiz, Alfonso Castellanos Idiáquez, Abraham F. Aguayo, Manuel V. Azuela, Enrique E. Michel, Miguel Ríos Gómez, Cipriano Gómez Lara, Miguel Ríos Aguilera, Francisco Duarte Amaya, César Tapia Quijada, ya fallecidos; y David Magaña Robledo, Carlos Arellano García y Roberto Reynoso Dávila.

            Alguien pensará que maestros improvisados –aún con mística- enseñando a provincianos bachilleres llegados de la frontera, pueblos y la sierra, no podrían producir buenos frutos. Pero si –bíblicamente-, por sus frutos los conoceréis, debo decir que de estas incipientes generaciones de muchachos, egresó el más reconocido jurista de Sonora, hijo de un modesto gestor sindical en Cananea, Agustín Pérez Carrillo (fallecido en la anterior  Semana Santa), a quien la Universidad de Sonora le adeuda un póstumo tributo.          

Nuestro maestro Fue Director de la Escuela de Derecho y Abogado General de la Universidad

Su vida académica perduró por 32 años y le brindó grandes satisfacciones que recibió en su larga vida.

Las más recientes el acuerdo del rector Pedro Ortega de poner su nombre al aula magna del posgrado en Derecho, y el de nuestra barra, al salón principal de nuestra casa.

Era -como había dicho Emerson- una figura representativa, en él concurrían, armonizándose, los atributos que nos parecen definitorios de la idea y del ideal del Maestro. En su conducta subyace su valor humano; y de quienes por varios años seguimos los cursos que él profesaba, lo que más nos admiró y lo que siempre recordamos, no es el contenido de su enseñanza, el aspecto teórico de su magisterio, la memorización de los artículos 14, 16, 19 y 20 constitucionales para aprobar, sino la congruencia entre pensamiento y acción, de que dio tantas pruebas durante su fecunda vida.

            Fue uno de esos seres privilegiados. Por ello, no es posible hablar simplemente de sus cátedras y Recomendaciones como ombudsman, ya que no fue solo hombre de leyes, sino hombre de bien. Inmenso era su amor a las ideas, pero jamás dudó que entre lo que se piensa y lo que se hace, debe haber armonía.

Claridad en el discurso, rigor lógico, virtudes intelectuales todas, fueron siempre practicadas por él, con el propósito de exaltar los supremos valores del bien y la justicia; el imperativo de fidelidad a la vocación, el patriotismo que no excluye, antes bien demanda, el reconocimiento de nuestros defectos y la decisión de superarlos; el respeto a la dignidad de la persona, la lucha por el Derecho como deber de autoafirmación moral en el sentido de Jhering, la amistad desinteresada en sentido aristotélico, y sobre todo, la congruencia entre la acción y los principios, la conducta y los ideales.

Sus 32 años de exigente profesor de Garantías  Individuales –experiencia alejada de la improvisación-, avalaron su designación y desempeño como primer Ombudsman, en 1992, respetado a nivel nacional.

Tuve la fortuna de ser su discípulo en la Universidad; su Secretario en la Escuela; su Secretario Técnico en la Comisión Estatal y uno de sus muchos amigos.

No fue nada fácil para todo su equipo de colaboradores y particularmente para él despegar, desde cero, la promoción, divulgación y sobre todo la defensa de las libertades fundamentales de los sonorenses, en un periodo de escalada delincuencia común –no la organizada de ahora- combatida por los cuerpos policiacos acostumbrados a las prácticas de tortura y confesión que contravienen los tratados internacionales y los ordenamientos penales.

            Estaba convencido de que el primer deber del abogado de los más vulnerables consiste en la fidelidad a sus convicciones. Por su respeto a ellas, no pocos lo motejaron de intransigente; y ese respeto invariable, le hizo caer muchas veces en incomprensión y situaciones difíciles, que siempre antepuso a cualquier actitud de implicar el sacrificio de sus principios. Su visión de la jerarquía de los valores era clara, y a ella ajustó, contra viento y marea, todos sus actos. Fue ésta la mejor lección que puede esperarse del hombre que consagró su vida a educar a la juventud.

Terminada su gestión, fue invitado al DF para desempeñar el puesto de Director de Documentación y Controversia Constitucional de la PGR; desde allá nos organizó para fundar, aquí, la Academia Sonorense del Derecho de la Seguridad Social.                

Libró, como guerrero, una lucha contra su enfermedad, pero consciente de que, como dijo Sócrates, desde que nacemos, la naturaleza nos condena a morir. Ello no lo limitó para atender asuntos legales y asistir a las sesiones semanales de la Barra Sonorense de abogados, donde sus lógicas y enérgicas intervenciones –como lo hacía en su cátedra- fueron siempre respetadas.

Por ejemplo, ante la incontrolable delincuencia organizada y con su proverbial anticentralismo, sostenía que es momento de aplicar el art. 29 constitucional y suspender, en ciertos y calientes municipios del país, las garantías individuales.        

Termino con sus palabras para todos nosotros:

-“Mi mayor agradecimiento a todos los que fueron mis alumnos, los buenos, los regulares y los malos, los que siempre me demostraron su afecto y los que, seguramente, por mi culpa, no pude captar tan siquiera su tolerancia. De todos ellos aprendí mucho. Desde luego mucho más de lo que pude llegar a enseñarles. Nada de lo que diga aquí puede pagar tanta dicha de haberlos conocido y convivir con ellos.”

La Universidad se honra al honrar –en vida y en esta despedida póstuma-, a José Antonio “pepe toño” García Ocampo.

Descanse en paz.

Pd. Su pensamiento como maestro y acción como ombudsman contrasta con el mal ejemplo del alcalde de San Pedro Garza García, Nuevo León quien, en el preciso momento de protestar guardar y hacer guardar la Constitución política, declaró la guerra al crimen organizado en su municipio mediante operativos de limpieza –cual escuadrones de la muerte-, en violación flagrante al principio de legalidad: “las autoridades sólo pueden hacer aquello que les está expresamente atribuido en la ley que les da vida” y el art. 17: “nadie puede hacerse justicia por su propia mano.”

Como escribió  el Generalísimo Morelos en los inmortales Sentimientos de la Nación Mexicana: La buena ley es superior a todo hombre!

 

Oración fúnebre en la Rectoría de la Universidad de Sonora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El anterior domingo despedimos a un distinguido abogado, catedrático, defensor de los/ Derechos/ Humanos, sonorense por adopción y amigo: José Antonio García Ocampo. 

En febrero pasado hice, en este medio, una semblanza de su biografía y contribuciones al leonismo nacional, a la educación jurídica y a la cultura de los Derechos Humanos, como Presidente fundador de la Comisión estatal, hoy en busca de un digno sucesor.

En su conducta subyace su valor humano; y de quienes seguimos sus cursos, lo que más nos admiró y que siempre recordamos, no es el contenido de su enseñanza, el aspecto teórico de su magisterio, sino la congruencia entre pensamiento y acción, de que dio tantas pruebas durante su fecunda vida.

Practicó el respeto a la dignidad de la persona, la lucha por el Derecho como deber de autoafirmación moral; la amistad desinteresada y,  sobre todo, dicha congruencia.

Libró, como guerrero, una lucha contra su enfermedad, pero consciente que, desde que nacemos, la naturaleza nos condena a morir.

La Universidad se honró al honrarlo –en vida y en su despedida póstuma.

Descanse en paz.

 

Su pensamiento como maestro y acción como ombudsman contrasta con el mal ejemplo del alcalde de San Pedro Garza García, Nuevo León quien, en el preciso momento de protestar guardar y hacer guardar la Constitución política, declaró la guerra al crimen organizado en su municipio mediante operativos de limpieza –cual escuadrones de la muerte-, en violación flagrante al principio de legalidad: “las autoridades sólo pueden hacer aquello que les está expresamente atribuido en la ley que les da vida” y el art. 17: “nadie puede hacerse justicia por su propia mano.”

Como escribió  el Generalísimo Morelos: la buena ley es superior a todo hombre!

 

 

 

 
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