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Eusebio Francisco Kino. Hector Rodriguez Espinoza. Romance de Padre Kino. Pbro. Cruz Acuña

 


Agenda y Eusebio Francisco Kino

EUSEBIO FRANCISCO KINO. El tricentenario de su muerte, ocasión para recobrar su humanismo.

Héctor Rodríguez Espinoza

I. Este 2011 se celebran trescientos años de la muerte de Eusebio Francisco Kino. Por ello, las sociedades del noroeste de México y del suroeste de Estados Unidos, y sus respectivas autoridades civiles y religiosas, tienen la oportunidad y obligación de conocer más a fondo, por encima del conocimiento vulgar, prejuiciado y superficial de este noble personaje de la cultura americana, su vida y su obra, realizada en una época importante para el proceso de aculturación cristiana-occidental, que se extiende hasta nuestros días.

En 1987, con motivo de los 300 años de su arribo a Sonora, el Gobierno del Estado, con anticipación, formó un comité organizador de festejos, presidido por el culto Notario Juan Antonio Ruibal Corella, que coordinó la celebración de múltiples actividades, principalmente de carácter cultural –emisión de timbre y monedas conmemorativas, Simposio Binacional, reimpresión de libros sobre su figura y mural alegórico en su monumento en Magdalena-, así como eventos recreativos y deportivos. El Jefe del Ejecutivo expidió un decreto acordado como obligatorio, el uso en la correspondencia oficial que se expidió durante ese año, de una leyenda: “Año del tricentenario del arribo de Eusebio Francisco Kino a Sonora”. 

Las autoridades de la iglesia Católica del Estado denominaron ese año como “Año del Padre Kino”, difundiendo una relación cronológica de los pasos previos de su llegada a este entonces inhóspito septentrión áridoamericano, y juzgado “en todo la providencia de Dios…” Ellas hicieron sus propias celebraciones.

II. Escenario histórico-cultural de Kino

            Eusebio Francisco Kino, aún cuando nació, vivió y desparramó sus virtudes en el siglo XVII, culturalmente fue un hombre producto del siglo XVI.

            De la importancia del siglo XVI para la evolución del espíritu humano – y la obra de Kino en la Pimería  Alta fue, fundamentalmente, espiritual -, traemos a colación la reflexión  de Vicente Riva Palacio:

 

“Jamás el espíritu ha desplegado, con tan vigorosa energía, su poderosa actividad en todos sentidos: todo se creaba todo se reformaba, el mundo se conmovía en espantosa revolución,  atravesando por un periodo verdaderamente apocalíptico en el que parecían haberse dado cita sobre la tierra todas  las heroicas virtudes y todos los horribles vicios, para producir las acciones más sublimes y los crímenes más repugnantes, las obras de arte más suntuosas y las más lastimeras destrucciones, las teorías más avanzadas de libertad y de progreso, los descubrimientos más maravillosos en las ciencias y en las artes y las más ignominiosas doctrinas de despotismo y abyección y el más culpable empeño para extender la ignorancia y el oscurantismo.

    Era el siglo de combate de todos contra todos. Luchas religiosas, políticas, sociales, literarias, científicas, descubrimientos y conquistas de países ignorados y desconocidos, reformas en las costumbres, en las legislaciones, en la religión, en la filosofía, todo lo traía y todo lo intentaba ese siglo que preparo con una evolución convulsiva y sangrienta, la geografía del mundo y el estado de los espíritus para recibir la semilla de la moderna civilización.

    La conversión al cristianismo de tantos millones de hombres en el Nuevo Mundo y en tan corto periodo, coincidiendo con la separación de la iglesia católica de poderosas naciones en el antiguo continente, es un fenómeno tan singular y tan extraño que quizás no volverá a repetirse nunca; pero que bastara por si solo a hacer, del siglo XVI, el mas notable de los periodos en la historia del espíritu humano”

 

            Por lo anterior, resulta interesante e importante el marco histórico cultural europeo en el que inscribió el momento del contacto de nuestras comunidades de naturales, con los militares españoles y misioneros religiosos jesuitas y su proceso inmediato de evangelización en el rincón de la entonces nación indígena Aridoamericana.  Situémoslo en el periodo que comprende desde el año de encuentro de ambas culturas (1492-1530), y hasta la primera mitad del siglo XVI.

            Debe enfatizarse el significado, para la historia de nuestro planeta, de este inicio de una nueva etapa de la evolución humana, aserto realista. En efecto, según Jordi Nadal, para Michelet – entre los primeros -, el paso adelante se resume en el “descubrimiento del mundo y el descubrimiento del hombre”, pues la reforma religiosa proclamó  la autonomía de la conciencia individual, precursora del libre pensamiento”. Para Marx – entre los segundos -, “lo novedoso se concreta en las trincheras conquistadas en el combate por imponer el modo de producción feudal”.

            Esta nueva etapa fue el origen lejano de la Revolución Industrial Inglesa y de la Revolución Política Francesa, considerada a fines del siglo XVII como el triunfo del sistema capitalista.

            Nadal concluye: “Naturalmente la dependencia económica anduvo acompañada de la dependencia política y de la dependencia cultural. Por espacio de cerca de 300 años, el nuevo mundo ha sido la otra orilla del viejo nuevo mundo ha sido la otra orilla del viejo mundo. El Océano Atlántico, que une las dos riberas de la civilización occidental, ha desempeñado en la edad moderna el mismo papel que cumpliera el Mare Nostrum en la historia de Roma, Ha sido un segundo Mediterráneo”.

He aquí dicho marco:

En política y Religión.

            En el campo de la política, las guerras de Italia dominaron el panorama.

            En el de la Religión, el Papa Alejandro VI dicta la Bula Inter Coetera, que titula a España y a Portugal las tierras descubiertas en América. Erasmo de Rotterdam escribió el Eligio de la Locura, Lutero rompe con la Iglesia Católica, es acusado de hereje y la reforma religiosa se extiende; la Iglesia se separa de Roma; en Paris, Ignacio de Loyola, Francisco Javier y Diego Laines fundan la Compañía de Jesús; y se efectúa el Concilio de Trento, con el triunfo 48 de las tesis dogmáticas

Ciencias y Exploraciones

En este campo, se suceden los viajes de Cristóbal Colón y los de los de exploración de las costas americanas: Américo Vespucio afirma, por primera vez, la continentalidad de América y es llamada así en su honor; Hernán Cortés se enfrenta al Imperio Azteca; Martín Fernández de Encisco publica en Sevilla, la Suma de Geografía, primera obra que trata de Anatomía y la Gran Cirugía, y Copérnico termina su obra Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes.

 

Arte y Literatura

            En el campo del Arte, Mantegna pinta la Madona de la Victoria; Sandro Boticelli pinta La Coronación de la Virgen y La Natividad; Leonardo de Vinci pinta La Cena y La Gioconda; Alberto Durero realiza una xilografía para ilustrar El Apocalipsis, pinta El Retablo de la Virgen del Rosario, s Autorretrato y El Adán y Eva, La Asunción de la Virgen, La madona del Palacio de Pitti y publica El Arte de la Medicina; Miguel Angel esculpe La Pietá de San Pedro del Vaticano y El David, El Moisés y el Mausoleo del papa Julio II y pinta La Sagrada Familia y los frescos del Juicio Final; Giorgione pinta EL Concierto Campestre; Rafael pinta los frescos de La Stanze del Vaticano, los tapices de Los Hechos de los Apóstoles, Santa Cecilia y La madona de la Capilla Sixtina y sustituye a Bramante como Director de las obras de San Pedro en Roma; Tiziano realiza los grabados del Triunfo de la Fe y El Lienzo de San Marcos, pinta La Asunción, La Virgen del Pesaro, San Pedro Mártir, San Jerónimo, El Retrato de Carlos V y su perro, La presentación  en el Templo Venus y Adonis y el Retrato Ecuestre de Carlos V; Andrés Sansovino pinta El Bautismo de Cristo; Mathias Grunewald pinta El Retablo de Isenheim y El Retablo de los Santos Mauricio y Erasmo Andrés de Sasto pinta La Asunción, la Disputa de la Trinidad y la Caridad; Corregio concluye La Madona de San Francisco, el Matrimonio Místico de Santa Catalina, La Madona de San Jerónimo y La Madona de San Jorge; Felipe De Bigamy pinta El Retablo de la Capilla Real de Granada y construye la cúpula de la Catedral de Burgos; Hans Halbein pinta La Danza de la Muerte, El retrato de Erasmo y El retrato de Giesze; Sebastiano Serlio publica Reglas generales de la Arquitectura; El Tintoretto realiza El Juicio Final y La presentación en el Templo; los arquitectos Goujon y Lescott empiezan la reconstrucción del Louvre de París; Andrea Palladios empieza la reconstrucción de la Basilina de Vicencia; y Vasari publica Vidas de Artistas.

            En el campo de la Literatura, se editan las obras de Aristóteles; La Celestina, de Fernando de Rojas; Adagios, de Rotterdam; Diálogo del Amor,  de león Hebreo; Poesías, de John Skelton; La Arcadia, de Jacopo Samnasaso; Orlando Furioso, de Ariosto; El Amadis de Gaula, de García Rodríguez de Motalvi; El Príncipe y el Arte de la Guerra, de Maquiavelo; Obras, de Platón; La Utopía y Diálogo sobre las herejías, de Tomás Moro; Introducción a la Sabiduría, de Luis Vives; y Pantogruel y Gargantúa, de Rebelais.

 

Economía y Sociedad.

            En estos campos, Fray Lucas de Paseli publica su Suma de Arithmética; se funda las Universidades de Valencia y de Alcalá; Isabel de Castilla autoriza la introducción de esclavos negros en América; se funda la Casa de Contratación de Sevilla; se dictan las Leyes de Burgos, primer Código colonial europeo, estableciendo que los indios son hombres libres y que deben ser sometidos al Cristianismo; se crea en España el Consejo de Indias; se introduce la imprenta a México (1535); se funda la Universidad de Santo Domingo, primera del Continente Americano; se expiden las Cédulas Reales de la fundación de las Universidades de México y de Lima.

            La relación anterior –aunque lo pareciera- no es sólo una lista prolija y caprichosa de sucesos que, como lo asentamos al principio, constituyen el marco histórico-cultural europeo, en el que se inscribió el momento del contacto de nuestras comunidades de naturales con los conquistadores extranjeros. Si se interpreta bien, nos ofrece el ambiente de la civilización europea, preñado de valores cristianos (principalmente en las artes), en cuyas circunstancias nacieron, crecieron y se educaron –formal e informalmente- los dominadores, tanto militares como religiosos.

            Dicho bagaje y condicionante educativo debió haberlos influido, en más de un sentido, al enfrentarse a distintas realidades en el “Nuevo Mundo”. Aún considerando los distintos niveles educativos de la heterogénea composición de los expedicionarios, lo cierto es que de sus Relaciones e Informes a los gobiernos de España y a la Santa Sede, derivó la legislación y la políticas para proceder y consumar el dominio de las tierras y hombres descubiertos.

            Sea lo que fuere, esta es, a grandes rasgos, la rica composición de sucesos acumulados en los órdenes político, religioso, artístico, económico y social, acaecidos en apenas medio siglo -1492/1550-, en la civilización europea (sucesos inmersos ya en su propia y cargada inercia histórica). Por una parte, vinieron a enmarcar el contacto de los españoles con los pueblos indígenas naturales de nuestro territorio septentrional; y por otra, nos permite comprender –sobre todo- el desventajoso, tardío, difícil y sui géneris proceso cultural de la mayor parte del noroeste de México, territorio al que Pérez de Rivas calificó como “gentes las más bárbaras y fieras del nuevo orbe” comparado, tanto con el de aquella abigarrada civilización europea, como con el de las llamadas “culturas superiores americanas”, principalmente las de Mesoamérica y las de los Andes.

            En 1987 se celebraron trescientos años del arribo a Sonora de Eusebio Francisco Kino. Por ello, las sociedades del noroeste de México y del suroeste de los Estados Unidos y sus respectivos gobiernos civiles y religiosos tuvieron la oportunidad y la obligación de conocer más a fondo –por encima del conocimiento vulgar, prejuiciado y superficial de este noble personaje de la cultura americana-, su vida y obra, realizada en una época cristiana-occidental, que se extiende hasta nuestros días.

 

III. La figura del misionero trentino trasciende los límites de jubileos anuales, por necesarios que sean para recordar y divulgar –no vulgarizar- la memoria de todos aquellos hombres en el campo de la economía, de la política y principalmente de las humanidades, deben ser estudiados y tenidos siempre en su justa dimensión de sobresalientes distribuidores a nuestra particular identidad cultural, fecundada e injertada, a partir de entonces, por otras civilizaciones con sus propias escalas de valores.

Existe una justificada discusión ideológica acerca de si los grandes episodios de la historia son obra de un hombre o resultado natural de procesos sociales, en los que aquel se encuentra inmerso.

Pienso que son los procesos sociales los que producen los grandes jalones de la humanidad hacia mayores y mejores estadios de civilización. Pero también que, como todo fenómeno humano, estos procesos son conducidos por protagonistas y/o antagonistas concretos, de carne y hueso, con inteligencias y corazones superiores. Superiores –sobre todo- porque ponen sus dones y sus dotes al servicio de las causas de sus semejantes, sin importar sacrificios, el mayor de los cuales es el de la pérdida de la propia vida. Es entonces cuando surgen los mártires, los prohombres, los héroes, los semidioses y los santos.

Mucho es lo bueno y lo malo que las aproximadamente ocho generaciones de sonorenses que hemos nacido y vivido aquí, a partir de 1600, debemos a aquellos europeos, militares los primeros, religiosos otros, que por intereses de expansión imperialista del Gobierno español, civil y católico, dominaron a nuestras etnias originales que habitan las zonas Mayo, Yaqui, Opata y Pima.

Para quienes de ellos vieron en estas tierras y hombres, sólo una fuente de ambición y saqueo de sus riquezas minerales, de explotación del trabajo indígena, incluyendo su conversión a esclavos para enviarlos a Veracruz y a Cuba a fortificar defensas marítimas, mi más profundo desprecio y razonado rencor histórico.

Pero, para quienes de ellos vieron en estas tierras y hombres, espacios de desarrollo económico socialmente repartibles y de redención de almas para convertirlos a las fe y religión cristiana, porque consideraron que su cultura gentil y pagana era “obra del demonio” –sin perjuicio de la validez histórica y científica de su tesis-, mi aprecio, respeto y gratitud.

Debemos presumir que en este segundo grupo se encontraba la gran mayoría de los misioneros religiosos de las Ordenes de jesuitas que cultivaron la conciencia de los grupos étnicos y sembraron semillas en una tierra tan espiritualmente fértil, cuya germinación es hoy día un fruto propagado y difícil de erradicar por medios no violentos. Son muchos los misioneros que predicaron en estas latitudes. Entre otros, Gonzalo de Tapia, Martín Pérez, Tomás Basilio, Pedro Méndez, Francisco Oliñano, Cristóbal Villalta, Diego Vander Zippe, Martín Burgencio, Miguel Godínez Wandin, Pedro Pantoja, Diego de la Cruz, Lorenzo Flores, Andrés Pérez de Rivas, Bartolomé Castaño, Juan Nentuig, Sedelmeyer, Segsser, Och, Gestner, Pfefferkorn, Middevost, Eusebio Francisco Kino y muchos otros.

De entrada, importaría definir el verdadero carácter de Kino: lo llamamos colonizador, misionero, predicador y padre; expedicionario, explorador, congregador, fundador, humanista y civilizador.

En realidad, con excepción del primer adjetivo, corresponden a Kino todos estos títulos.

En efecto, no lo considero colonizador, en sentido estricto, porque éste es quien establece una colonia a través del “movimiento de población en un país (metrópoli) a otro, (colonia)”; y Kino –como veremos en el párrafo siguiente- lo que hizo fue reunir o congregar a la población indígena originaria, pero dispersa, en sitios comunales. (Claro que, en sentido amplio, como parte de un gobierno colonialista que estableció en otro país una colonia –nombre con el que, incluso, se conoce este período histórico nuestro-, Kino sí fue un colonialista).

Como miembro de una organización religiosa –la Compañía de Jesús-, le corresponden las cuatro siguientes calidades, que ejerció en forma magnífica.

Los otros cuatro títulos los tiene también merecidos, ya que al buscar y encontrar las rancherías dispersas y grupos nómadas de la desértica Pimería Alta, los asoció y hermanó en Misiones, y fundó pueblos, muchos de los cuales existen hoy día.

Los dos últimos títulos mencionados son los que, a mi juicio, describen más propiamente al personaje. Al predicar, con el ejemplo, la enseñanza y adopción de un nuevo idioma, una religión, un régimen de propiedad de la tierra, un sistema de vida fundado en el mejoramiento del hombre y del pueblo al través de la educación mental y espiritual, y del trabajo, transmitió una civilización, la española, que a su vez era heredera de las tradiciones clásicas de Grecia y Roma.

Aquí habría que acotar: el hecho de que admita que tanto Kino, como sus antecesores y sucesores, hayan sido los que trasplantaron una cultura, su cultura, no significa que aquí no haya existido alguna.

Había, cuando menos, dos regiones y tipos –y hasta arquetipos- culturales: la ópata-yaqui-mayo de la sierra y costas, más avanzados por su manejo de los cuerpos de agua, lo que les deba el carácter de agricultores incipientes; y la pima del desierto, que por carecer de ese vital líquido en forma regular y seguramente en busca de él, eran nómadas estacionales. Su frontera natural era el rio San Miguel.

Desgraciadamente son muy pocos los testimonios que existen relativos a aquellas culturas pues –a diferencia de las pirámides, códices y otros magnos testimonios pervivientes de las altas culturas mesoamericanas-, no nos legaron grandes monumentos materiales. Por otra parte, carecieron de escritura, y no sabemos de indígenas que, ya alfabetizados, hayan escrito sus impresiones y atestaciones sobre esos primeros tiempos de la historia precolonial y colonial de Sonora.

IV.  Resulta evidente que la figura de Kino destaca entre esa pléyade de sembradores de fe. Es curioso, pero aunque resulta injusto para los demás, ello es así. Sus razones existen.

A esas razones, méritos y frutos está dedicada mucha de la atención del ámbito cultural de Sonora, de Arizona, de las Californias, de Italia y, ojalá del resto de México, de los Estados Unidos y de Europa. La alta Pimería, unida hace pasados tres siglos por orígenes geoculturales, está hoy, desde hace 163 años, dividida en dos países vecinos, distintos y distantes, por razones geopolíticas. Pero las raíces y corrientes subterráneas de nuestros comunes orígenes, terminan por trasponer estos límites.

Eusebio Francisco Kino sigue siendo un hombre y un nombre muy familiar para nosotros. Sujeto y objeto de más honor y gloria de hoy en adelante. Incluso en contra de su propia voluntad. Fiel a sus votos de castidad, obediencia y pobreza, “he desires no honour and glory for himself” (no deseaba honor y gloria para el mismo), como afirmó la kinologa Annamaria Kelly, en su ponencia La espiritualidad y carácter de Kino, en  Congreso en Roma en 1987. El,  muerto en forma pacífica, hubiera preferido este honor y esta gloria para el P. Francisco Javier Saeta, su joven compañero que fue muerto a flechazos en la Misión de Caborca, por pimas de Tubutama, el sábado santo 2 de abril de 1695, y a cuyo sacrificio, muy sentido por Kino, le dedicó un libro: Inocente, apostolica y gloriosa muerte del venerable P. Francisco Javier Saeta. He aquí la Dedicatoria:

Mi Padre Provincial Diego de Almonacir.

     En 25 de julio de este año de 1695 en carta del  Padre Rector de este nuevo rectorado o misión de Nuestra Señora de los Dolores, Marcos Antonio Kappus, recibo las siguientes palabras que V.R. se sirvió de escribir al Padre Visitador Juan Muñoz de Burgos, diciéndole:

     “Ya considero la pena con que V.R. se hallará por la muerte del Padre Francisco Javier Saeta, quemazón de las iglesias, desprecio de las santas imágenes, etc., en esa cristiandad, y que los Padres estarán con mil deseos de lograr con su fervor igual suerte con su santo compañero. Pero contento el Señor con el Padre Saeta, quiere a los demás para la enseñanza de esas gentes, y que sea sin sangre más prolongado martirio en el contiguo riesgo de la vida y penosa tarea de su ministerio con su bruta terquedad.

“V.R. me los encomiende a todos de mi parte, y les signifique mi agradecida envidia a sus dichosos trabajos y venturosa suerte, muy conforme a los trabajos y vida apostólica, etc.”

Recibí esta carta de V.R. hallándome de calenturas; y ella fue para mí de tal especial consuelo que experimenté muy grande alivio de mis males y con la divina gracia con este consuelo y según espero con la intercesión del queridísimo venerable padre compañero, Francisco Javier Saeta, conseguí luego la cumplida salud. Y yo, por lo que me toca, quedo y quedaré mientras viviere, tan agradecido a la tan grande, santa y finísima caridad de V.R. para con éste su inútil y mínimo súbdito que, alentándome en mis multiplicados dolores y desconsuelos de ver tantos atrasos en estas tan dilatadas nuevas conversiones, con muy rendido afecto ofrezco y dedico a V.R. este breve tratado del martirio e inocente, apostólica y gloriosa muerte de mi santo compañero (como V.R. le llama), Francisco Javier Saeta.

Añado sus dictámenes apostólicos y juntamente un mapa universal de todas estas misiones de nuestra Compañía intitulado “Teatro de los trabajos apostólicos de la Compañía de Jesús en la América Septentrional”; en el cual mapa o teatro universal, con especialidad se apuntarán los puestos o nuevas misiones donde, también, otros 16 Padres Misioneros han derramado su sangre por la fe católica en la predicación evangélica.

En otro libro más largo, dándome Nuestro Señor su santa gracia, trataré después de estas nuevas conversiones y de sus dilatadas nuevas relaciones y del “martirio sin sangre y más prolongado”, como V.R. dice, para el cual conserva su divina Majestad a  los demás Padres para la enseñanza de estas gentes en la penosa de su ministerio, tanto más meritorio, glorioso y ganancioso, cuanto más trabajoso, arduo, penoso y prolongado.

Y aunque a escribir este sangriento martirio me puede desanimar la cortedad de mi pluma, tanto más me alienta y obliga la pluma y las muchas continuadas cartas del venerable y santo compañero Francisco Javier Saeta, y la una, de la víspera del día de su glorioso martirio, con la muy especial comunicación que tuve con su Reverencia en estas nuevas conversiones; pues, por orden de los superiores, fui a dejarle en su nuevo partido de la Concepción de Nuestra Señora del Cabotca, nación del Soba y Pimería del poniente, donde, en breve tiempo, trabajó con tan fervorosa y apostólica caridad que consumatuis inbrevi explevit tempora multa.

Amando su Reverencia entrañabilísimamente a sus queridos hijos, y siendo recíprocamente muy bien quisto y querido de ellos, como es notorio y consta evidentemente de sus propias y repetidas cartas que me escribía, y las pondré en su lugar, en este tratadito, al pie de la letra; y me consta que su Reverencia lo ha escrito y dicho de palabra también a muchos otros y a los superiores inmediatos y mediatos en las misiones y fuera de las misiones. Pero otros malévolos, y no sus hijos, le quitaron la vida temporal, coronándole con la inmoral gloria de la celestial.

El Misionero divino que desde los cielos nos la vino a predicar y enseñarnos la conceda a todos; y me guarde a V.R., como deseo y hemos menester, encomendándome en sus santos sacrificios y santo amparo, con todas estas nuevas conversiones.

Nuestra Señora de los Dolores, y septiembre 20 de 1695 años.

Muy siervo y súbdito de V.R.,

Eusebio Francisco Kino.

 

V. El padre saeta en la biografía de Kino. Vista panorámica

La monografía de Kino sobre Saeta, sin ser ni “vida” ni “biografía”, abarca mucho más que el contenido de esas expresiones. No es la biografía tradicional, pues pasa por alto pormenores que suelen formar parte relevante en ese género literario. El misionero, al presentarnos en su manuscrito, cronológicamente, los bocetos biográficos de muchos jesuitas misioneros que perecieron violentamente a manos de los naturales de México septentrional, reserva lógicamente el último y principal puesto a Saeta. Pero ante otras obligaciones e intereses que le reclaman su tiempo y atención, no puede entretenerse llenando cuartillas.

En la edición que aparece 265 años después que Kino redactó su manuscrito, particulares omitidos por su autor hemos procurado suplirlos por el prólogo y más brevemente en la serie de bocetos mencionados.

La biografía de Saeta, a pesar de su brevedad, es más que una vida de cualquier misionero. Es historia circunstanciada, bien documentada de una de las expansiones religiosas mas significativas en el nuevo mundo, con el consiguiente desarrollo político y cultural de una vasta región. Al llegar Kino a Pimería Alta (parte de Sonora y Arizona), el límite más septentrional de la Cristiandad se descosta de Batepito, a través de Chuachuta (sur del histórico presidio de fronteras que se había de erigir pocos años más tarde), Bacoache, y hacia el sur, a Cucurpe, camino de Tuape y Opodepe.

Los años que Kino evangelizó y exploró Pimeria Alta, añadió extensa región a Nueva España: al oeste hasta el golfo de California, al noroeste hasta el enlace de los ríos Gila y Colorado, al norte hasta Casa Grande y el rio Azul, al este hacia el rio San José de Terrante (llamado posteriormente rio San Pedro). Como Saeta fue muerto en 1695, y ese mismo año compuso Kino el cuerpo de su biografía, el periodo historiado es necesariamente breve: 1687 a 1695, y la información excepcionalmente rica para 1964-1695.

Esta monografía es el único intento biográfico importante de Kino, y después de Favores Celestiales, la obra más larga, de más unidad y más acabada que la última. Parte considerable del libro es la correspondencia epistolar del biografiado y de los superiores religiosos y jefes militares con el autor. Acostumbraba el diligente misionero conservar esta clase de documentación, y más tarde, al elaborar Favores Celestiales para la impresión, tenía a la mano su propio archivo de valiosos documentos.

El libro de Saeta presenta acontecimientos turbulentos y confusos bien caracterizados, claramente enfocados, situados históricamente y explicados en sus causas y efectos. Los pocos culpables entre los indígenas están bien discriminados de los muchos inocentes: distinción necesaria para la justa aplicación de las sanciones impuestas por las autoridades militares para la pacificación definitiva de la región y para la decisión que habían de tomar los dirigentes eclesiásticos de intensificar la evangelización de la provincia, más bien que abandonada.

El lector puede seguir fácilmente la relación de Kino con los dos mapas de toda la región diseñados por él, trascendentales para la cartografía mexicana 1) El teatro de los trabajos apostólicos (el magnifico original en colores conservado en el archivo central romano de los jesuitas y reproducido en blanco y negro por Bolton, Rim of Christendom, p. 272); y 2) La muerte del venerable padre francisco Xavier Saeta (el original, igualmente en colores, está en el mismo archivo jesuítico y lo han producido en blanco y negro Bolton, Rim of Christendom, p. 290; Burrus, Correspondencia, p. 48. Imprimimos de este mapa la escena de la muerte de Saeta en el frontispicio del presente volumen).

La biografía desarrolla en siete libros las siguientes materias:

1)      Venida de Saeta a Caborca.

2)      Segundo periodo de su obra en la misma misión.

3)      Muerte a manos de los indígenas.

4)      Importantes documentos originales, transcritos al pie de la letra, sobre el porvenir lisonjero de la región, a pesar de la muerte violenta de Saeta, y 15 bocetos biográficos de antiguos misioneros que tuvieron igual suerte a manos de los naturales, se excluye la necesidad de abandonar las misiones. El decimosexto boceto es de Saeta.

5)      Esfuerzos militares para apaciguar a indígenas rebeldes y cooperación efectiva de amigos nativos que llevan a una equivocación trágica de consecuencias desastrosas.

6)      Situación próspera de las misiones de Pimería Alta, su ambiente histórico; llegada de Kino a la región, obra y resultados halagüeños. Ponderado examen de las objeciones insistentes de muchos que quieren ver abandonadas las misiones de aquella provincia.

7)      El último libro, único en la historia de México, reseña los métodos misionales adoptados por Saeta y más aún por Kino mismo; perspicaz análisis de la mentalidad y emotividad de los indios pimas y sus reacciones a las enseñanzas y a las exigencias cristianas.

 

Una rápida ojeada a todas esas perspectivas. El historiador trentino relata escrupulosamente en el libro primero hechos y acontecimientos, concreta parajes, distancias y personajes del antiguo drama del que es protagonista principal él mismo; situación económica especifica y detallada, cabezas de ganado donadas a la misión de Caborca, cantidad de grano y vegetales plantados y llegados a sazón, edificios erigidos, expediciones emprendidas. Tan peculiar y circunstanciada exposición de hechos nos hace deducir que Kino llevaba de los de alguna trascendencia y que, con él a la vista, compuso su biografía de Saeta.

El segundo libro con material espigado en cartas de Saeta, evoca, con pormenores muy reales, el segundo periodo misional de Caborca y revela ya algunos de los métodos empleados por el misionero siciliano, que expondrá más ampliamente el último libro.

El libro tercero no es sencillamente la narración de la muerte trágica de Saeta, si no un penetrante análisis de los hechos que condujeron a él, sugerencias prácticas para remediar la peligrosa situación y prevenir futuras recaídas. Kino, fundado en numerosas pruebas, rechaza la falsa acusación de complicidad de todos los indios, y demuestra que el motivo principal de tan deplorable muerte fue la injusticia y crueldad usadas contra los indígenas de San Pedro de Tubutama, particularmente la conducta de los mayordomos opatas. Injustamente se atribuían robos a los pimas –el misionero trentino volverá muchas veces sobre el mismo tema-, y, por consiguiente, eran injustas también las vejaciones, crueldad y muertes causadas entre ellos por las tropas invasoras de españoles. Además, sigue exponiendo Kino, la invasión de Caborca se debió a las muchas y engañosas promesas, jamás cumplidas, hechas a los indios, y la principal de ellas, que habían de tener misioneros. Los feligreses de Saeta –Kino los llaman hijos- ni fueron culpables de su muerte, ni estaban complicados en la rebelión; fueron más bien víctimas de ella.  

El cuarto libro, a pesar de su redacción no definitiva, entre los escritos del trentino, es uno de los mejores elaborados. Para evidenciar la base objetiva de su afirmación de que solo pocos indios participaron en la invasión de Caborca, y éstos inducidos por la injusticia y crueldad de que eran víctimas, alega un número notable de cartas de autoridades militares y religiosas, y demuestra que todos ellos miraban con optimismo el porvenir. Para dar fundamento histórico más sólido al debate, indaga a fondo la historia mexicana y presenta bocetos biográficos de otros quince misioneros que dieron su vida por la misma causa que Saeta, y sus misiones no solo fueron abandonadas, sino que se hallan actualmente en estado floreciente. ¿Por qué, pues -pregunta el misionero-, se debe seguir diferente política tratándose de Saeta y su misión?

Relata el libro quinto las campañas llevadas a cabo para pacificar a los nativos rebeldes y castigar a los culpables, y trata en capítulo aparte la cooperación de los indios aliados. Expone el historiador lealmente las trágicas equivocaciones de algunos soldados españoles y de sus cooperadores nativos en matar a indígenas inocentes. Esta sinceridad explica acaso el que la biografía del misionero siciliano quedase inédita en vida de su autor.

El libro sexto, después de una relación minuciosa del estado de las misiones y del territorio en general, aborda descubiertamente las objeciones suscitadas contra la continuación y extensión de las misiones norteñas. Adviértase que el autor, consciente del peligro de la existencia misma de las misiones, adoptaba esta actitud en vísperas precisamente de partir para la capital mexicana, donde sabía que el Virrey y el Provincial de los jesuitas le urgían esas dificultades ante sus peticiones de fondos y más gente.

En las objeciones se alegaba la falta de población nativa en Pimeria Alta o que ésta era muy escasa. Kino atribuye a la religión más de 10,000 indígenas, y va distribuyendo cifras por las varias localidades. 

Aunque había algunos pobres indígenas, insistían los opositores, la tierra era un interminable desierto. Opone el misionero testimonios escritos de oficiales reales, estadísticas exactas de cantidades y especies de productos recogidos en la región, y termina en trono de triunfo: “Esta Pimeria es de las más fértiles y pingües tierras que tiene toda la nueva España”.

Enemigos irreconocibles de la empresa pimeriana presentaban a los indígenas como irremediablemente perezosos e irreductibles al trabajo. A los que exigían documentos fidedignos y autorizados, Kino puede satisfacerles plenamente; y a los que pedían una prueba visible de la habilidad indígena para trabajar, les señala lo que habían hecho ya en Dolores y en otros centros misionales construyendo casas e iglesias y cultivando campos y recogiendo abundantes cosechas.          

Los indios de aquella provincia, porfiaban los contendientes, nacían ladrones, y trabajar era para ellos una necesidad ocasional, Kino rechaza de plano la calumnia aduciendo categóricas pruebas: primera, a pesar de las irrupciones de sorpresa de soldados españoles en territorio prima, jamás se encontró indicio alguno de robo; segunda, los generales Juan Fernández de la Fuente y Domingo Terán de los Ríos, en junio de 1695, descubrieron en el Cerro de Chiricahui propiedades robadas en manos de los hojomes; pero estos indios eran enemigos, no aliados de los pimas; los pimas, en tercer lugar, cultivaban sus campos y vivían de sus frutos; mientras los hojomes, los janos y los sumas, tribus nómadas, no acostumbradas al trabajo, encontraban más cómodo saquear y robar caballos, mulas y ganado.

Las misiones y establecimientos norteños, impugnaban los contrarios entrando en terreno económico, eran carga excesiva para el fisco real. Objeción era ésta, replicaba Kino, aplicable a cualquier región. ¿Se había de detener, por ahorrar unos pocos pesos, la colonización y evangelización? Estaba en vigor, continúa el misionero, la Real Cédula que reconocía mucho más ventajosas las misiones establecidas que los gastos que se hacían en ellas. ¿Pondrían en duda la palabra del Rey?

Kino llega así al último e indiscutiblemente más importante libro para el estudioso de la historia de México y del suroeste de los Estados Unidos, clave para conocer los métodos del trentino, conquistador de la simpatía indígena, hábil para moverse entre ellos, siempre que lo cree oportuno, sin escolta alguna, ingenioso en asegurarse la cooperación indígena a la obra evangelizadora aún mucho más allá de sus propias misiones; y en ganarse su confianza, alianza, lealtad, fe y devoción, en grado acaso jamás igualado en los anales misionales de México.

La biografía de Saeta, así lo creemos, más que vida es la historia de un hombre y al mismo tiempo historia detalladas y documentada de toda la región, en sus aspectos político, económico, etnológico, militar, geográfico y eclesiástico, concretamente presentados y analizados.

VI. No podemos dejar de observar, incluso en este otro “Año de Kino”, una fortísima dosis de malinchismo que, el propio Kino, hubiera lamentado: en 1987, el 21 de abril, se cumplió también el primer centenario del fusilamiento, por el Gobierno, del cacique yaqui José María Leyva-Cajeme, defensor de la integridad territorial y cultural de esa ejemplar e indómita tribu sonorense. A excepción de un libro que sobre su vida debió publicarse, no sé de ningún otro acto conmemorativo y digno de esa su autóctona figura. Ni tan siquiera en alguna localidad del ahora ubérrimo Distrito que lleva su nombre. ¿Visión y subcultura de los vencidos?

VII. Pero cuidado, ¡mucho cuidado! Podemos incurrir en el grave riesgo y error cultural y político de mitificarlo y reducirlo a discursos, nichos, pedestales, monumentos y altares que, los gobiernos civiles y las autoridades religiosas, suelen erigir para apropiarse de –y expropiarnos a – quienes, seres humanos como nosotros, fueron superdotados de un código genético cimero para emprender proezas de esta envergadura. Kino fue un ser humano. Tan humano que, egresado de las mejores universidades de su tiempo, decidió vivir entre los indígenas que, cuarenta años antes, Andrés Pérez de Rivas había descrito como “los más bárbaros y fieros de nuevo orbe”. (Ojalá nuestros ascendientes más próximos hubieran sido –y nosotros y nuestros hijos lo fuésemos ahora y mañana- tan “bárbaros y fieros”, como aquellos nuestros originales ancestros, para defender nuestra integridad nacional, en contra de la pérdida del suelo y de la penetración y manipulación ideológica del exterior).

VIII. Ensalcemos a Kino estudiando, enseñando y viviendo, a plenitud y con honradez, nuestra historia. La historia de la patria y de la Matria (esta “área homogénea de características físicas y culturales diferentes de las aéreas vecinas” –para decirlo con Luis González-), que aquel visionario universitario del mundo forjó. Solo así podemos conocerla más y amarla mejor.  

Este 2011, con la crisis que se nos adhiere a cada poro de la piel individual y nacional, y ante el reto de un “mal necesario” y despersonalizante etapa industrial, en la que rendimos pleitesía a su majestad la máquina, con y como Kino, volvamos los ojos y el corazón hacia el hombre, como figura señera de la historia y único ser creador de valores.  

 

EL ROMANCE DEL PADRE KINO

Pbro. Cruz G. Acuña

 

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