OPCIONES DEL PORTAL
Inicio
Quién soy
Contáctenos
Abogados Asociados
Crónica de un segundo viaje a Washington D.C.
Entrevista a HRE
Los jóvenes y Agenda Cultural.
Crónica de un Viaje a Nueva York.
Los niños y Agenda Cultural.
Buena salud para mis lectores.
¿Ama a Hermosillo?
Cronica de un viaje a la Habana, Cuba
Mis mejores artículos
Corrido a HRE
¿Quién fue Hans Kelsen?
¿Quién fue Mario de la Cueva ?
¿Quién fue Eduardo García Maynez?
Crónica de un viaje a Cedar Rapids, IOWA, EU
Homenaje a Rafael Méndez
El mejor trompetista del mundo
" Don Quijote de la Mancha"
¡¡ ¿Cómo que no lo ha leído? !! "
El Quijote y los Derechos Humanos
Crónica de un viaje a Europa 2014
Homenaje a Guillermo Héctor Rodríguez
Homenaje a Juan Antonio Ruibal Corella
Homenaje a Dario Maldonado Zambrano
OPCIONES DE
AGENDA CULTURAL
Reforma Penal 2008
Esbozo Biográfico
LO MEJOR DE LOS MEDIOS NACIONALES
Jurisprudencia
Buen Humor
Lectores profesionales y tesistas
Derechos Humanos
Transparencia
Combate a la corrupción y a la impunidad
Seguridad Social
Filosofía del Derecho y Teoría del Derecho
Cruzada por un Salario mínimo digno.
Luis Donaldo Colosio. In memoriam
Derecho Internacional
Refranero popular
Diccionario de la Lengua Sonsorense
Cultura de la legalidad
Palabras y frases en latin
Los mejores videos musicales del mundo!
Derecho Internacional Privado
Almanaque
Migración
Proverbios
"El Último beso, ¿Una maldición? ". Ensayo
Epitafios Famosos
Guardería ABC, crimen y castigo
Ética profesional
Taller de instrumentación Jurídica
Homenaje a los Apson. "Corren Rumorres", Marco Antonio Salazar Siqueiros IN MEMORIAM
Eusebio Francisco Kino. Hector Rodriguez Espinoza. Romance de Padre Kino. Pbro. Cruz Acuña
Homenaje a José Vasconcelos
Cruzada contra las escuelas de Derecho "patito"
Homenaje al Mayor Isauro Sanchez Pérez
Homenaje al Lic. Oscar Morineau
Homenaje al Doctor Carlos Arellano García
Homensaje al Lic. Roberto Reynoso Davila
Homenaje a Lic. Agustín Perez Carrillo
Homenaje al Lic. José Antonio Garcia Ocampo
Homenaje a la poetisa Alicia Muñoz
Curiosidades Jurídicas
EZLN y EPR

MEDIOS ESTATALES

El imparcial
El reportero de la comunidad
Tribuna del Yaqui
Diario del Yaqui
Dossier Político
El Diario de Sonora
Primera Plana
Nuevo Sonora
Kiosco Mayor
Expreso
Archivo Confidencial
www.contactox.net
Milenio
De periodistas
El Universal - DF
La Jornada-DF
Cronica-DF
Excélsior
El Financiero-DF
Economista-DF
Frontera-Baja California
Radio Fórmula
El País
Zeta-Baja California
BBC Mundo
El Mundo-España
Google News
Teoma
Yahoo MX
Terra MX
Altavista
All the web
Es más
México WEB
Busca Biografias
INEGI
Usuarios de la banca
ENLACE SEP
Base de datos jurídica
Instituto de Investigaciones Jurídicas UNAM
Cámara de Diputados
Consejo de la Judicatura Federal
¡Todo el Derecho mexicano!
H. Suprema Corte de Justicia
Sistema de Internet de la Presidencia
Gobierno Mexicano en la Red
Instituto Federal de Acceso a la información pública
Gobierno del Estado de Sonora
Congreso del Estado de Sonora
Instituto Federal Electoral
Tribunal de Justicia del Estado de Sonora
Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación
Consejo Estatal Electoral
Universidad de Sonora
Universidad Kino
Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey
Corrector Ortografico
Universidad TecMilenio
Diccionario de Sinonimos
Unidep
Innovación
Traductor
Iustrados
Diccionario
Proceso
Siempre
Vertigo
Reporte Indigo
Poder
Creativa
Mercado
Semana
Peninsular
La Vox
 
 

 

 

¿Quién fue Mario de la Cueva ?

 


MARIO DE LA CUEVA DE LA ROSA (1901-1981).

Jurista mexicano, nació en la ciudad de México el 11 de julio y cursó estudios de Derecho en la Escuela Nacional de Jurisprudencia graduándose como abogado el 15 de abril de 1925 y, posteriormente, de Filosofía e Historia en la Escuela de Altos Estudios (hoy Facultad de Filosofía y Letras) de la UNAM. De 1932 a 1933 hizo estudios de Derecho y Filosofía en la Universidad de Berlín. Desde 1929 fue catedrático de la Escuela nacional de Jurisprudencia, fue profesor de Introducción al Derecho, y a partir de 1934 de Teoría General del Estado y Derecho del Trabajo. También impartió, desde 1944, Derecho Constitucional y Público. Fue Juez de Tlanepantla (1925); abogado consultor del Departamento Agrario y de la Secretaría de Agricultura y ganadería (1926); Secretario de la Sala del Trabajo de la Suprema Corte de Justicia (1935); abogado del Departamento del Trabajo (1934). En 1934 fue miembro del primer Congreso mexicano de Derecho Industrial. Desde 1938 hasta 1940 fue secretario general de la UNAM y, desde 1940 hasta 1942, rector, en sustitución del doctor Gustavo Baz cuando el Consejo Universitario le otorgó a éste una licencia por tiempo indefinido para hacerse cargo de la Secretaría de Asistencia Pública. Durante su gestión se creó la Biblioteca del Estudiante Universitario y patrocinó la revista Tierra Nueva.

De 1944 a 1946 fue director general jurídico de la secretaría de la Economía nacional; en 1946, asistió a la tercera conferencia americana del trabajo como representante de México y en 1948 fue delegado a la novena Conferencia Internacional Americana, en la cual redactó la Carta Internacional Americana de Garantías Sociales. En 1947 fue Presidente de la Junta federal de Conciliación y Arbitraje. Fue Director y Profesor emérito de la Facultad de Derecho de la U.N.A.M de 1951 a 1953; Coordinador de Humanidades (1961-1966) y gerente general del Banco Nacional Cinematográfico, S.A. Presidente de la Comisión redactora de la Ley Federal del Trabajo (1970) y en 1978 recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Historia, Ciencias Sociales y Filosofía. Su actividad como jurista estuvo centrada en el Derecho del Trabajo y en el Derecho comparado, en las que realizó aportaciones fundamentales al pensamiento jurídico mexicano. Entre sus publicaciones destacan Derecho mexicano del trabajo, La doctrina de la soberanía, La idea del Estado, El Constitucionalismo mexicano a mediados del siglo XX,  La Equidad y el derecho del trabajo, entre otras.

 Publicó además numerosos artículos en las revistas Derecho y Ciencias Sociales y Revista Argentina de Derecho y Trabajo. Fue doctor Honoris Causa por la U.N.A.M; profesor honorario de la Universidad de El Salvador, miembro honorario del Instituto Argentino del Derecho del Trabajo. En 1941 recibió la medalla de honor de instrucción pública del Gobierno de Venezuela y en 1978 se le otorgó el Premio Nacional de Ciencias y Artes de México en Historia, Ciencias Sociales y Filosofía. Cultivó principalmente el Derecho industrial y el Derecho Comparado. A él se le deben muchas de las aportaciones más significativas del pensamiento jurídico mexicano: Derecho Mexicano del Trabajo; la Doctrina de la Soberanía y Teoría del Estado. Escribió además en las revistas Derecho y Ciencias Sociales; Revista de la escuela Nacional de Jurisprudencia; jus; El Foro y la revista Argentina de Derecho y Trabajo. Murió en la cd. de México el 6 de marzo. (Cfr: Fichero de la Hemeroteca Nacional, U.N.A.M.)

            El 11 de julio de 2001 se le rindió un homenaje, encabezado por el rector de la UNAM, Juan Ramón de la Fuente, y cinco ex rectores. Los ex rectores Pablo González Casanova, José Sarukhán, Guillermo Soberón, Octavio Rivero y Jorge Carpizo, y el actual, así como autoridades de la Junta de Gobierno y del Patronato Universitario se dieron cita en una ceremonia para homenajear al jurista, en el centenario de su natalicio. En el auditorio de la Coordinación de Humanidades - donde  estuvo el ex presidente Miguel de la Madrid -, Jorge Carpizo hizo un recorrido por la obra, el trabajo y la huella que dejó Mario de la Cueva. Recordó la defensa del jurista por el principio de autonomía y la libertad de cátedra e investigación. Señaló que la Ley Federal del Trabajo aún vigente “es todo él (De la Cueva), sus ideas y sus convicciones al servicio de los trabajadores”. La personalidad de Mario de la Cueva, apuntó, representa una noción ética, una energía moral para los universitarios.  Recordó que, en 1968, De la Cueva estuvo al lado del entonces rector Javier Barros Sierra, “incluso, a pesar de su edad lo acompañó en la marcha de la avenida Insurgentes; al día siguiente de que la fuerza pública tomó las instalaciones universitarias fue a visitar las cárceles para atender personalmente a los universitarios detenidos”.  Para la UNAM, “Mario de la Cueva es su director de la Facultad de Derecho, su director del Instituto de Investigaciones Jurídicas, su coordinador de Humanidades, su miembro de la Junta de Gobierno, su secretario general, su rector. Sí, pero es algo más: constituye y representa una noción ética; siempre actuó como predicó, siempre defendió a su institución, no a él mismo, se esforzó para otorgar lo  mejor de sí a sus semejantes a través de su labor universitaria”.

 

En la Revista Mexicana de Justicia de la Procuraduría General de la República, a petición expresa de su Director publiqué el siguiente artículo:

“MARIO DE LA CUEVA. Recuerdos para compartirse y no olvidarse

             Así como los Jueces debieran vivir un mes como penados en los presidios y cárceles para conocer las causas reales y hondas del crimen, y dictar sentencias justas, así los que desean hablar con juicio sobre la condición de los obreros, deben apearse a ellos y conocer de cerca su miseria.

                                                                  José Martí

 

Para quienes, como el autor de este Artículo, somos hijos de la Generación de mediados de los cuarenta, término de la segunda guerra mundial; que en los sesenta decidimos construir nuestro destino en la educación jurídica en un rincón de la patria; y que ejercemos, desde entonces,  de una manera u otra,  la profesión de abogado o jurista y observamos críticamente el crecimiento y desarrollo de nuestra Ciencia, no nos cuesta mucho trabajo constatar una triste y preocupante situación cultural en nuestro campo de conocimiento y de acción: la orfandad nacional de grandes Maestros del Derecho.

       Desde finales de los cincuenta, en plena guerra fría, en la escuela preparatoria, con la sed natural de los jóvenes deseosos de conocer y comernos, a puños, el mundo y la nación que nos rodeaban, junto a los estudios de las ciencias naturales, exactas y sociales - en particular de la historia y literatura universal y española -, leímos entusiasmados, entre otras obras,  los dos Tomos de la Historia de la Revolución mexicana, de Jesús Silva Herzog y admiramos la limpia y lógica prosa de la Introducción al Estudio del Derecho, de Eduardo García Máynez. Sus páginas nos dejaban una primera y eterna lección de que México contaba con Maestros y autores de libros de texto y de consulta necesarios para poner los cimientos de una vocación científica e inclinación filosófica - incluyendo una actitud ética -,  convenientes para un inminente crecimiento intelectual y espiritual de Generaciones enteras  de discípulos que, cada quien en nuestros modestos o magnos ámbitos profesionales, contribuimos a la enseñanza y aplicación del Derecho, como el único instrumento no violento de transformación social.  

Pero fue a partir de septiembre de 1961, cuando iniciamos los ansiados estudios de la Licenciatura en Derecho en la Universidad de Sonora y durante los 5 años siguientes, cuando nos asomamos a la Doctrina del Derecho y de las ciencias sociales y absorbimos gustosos las aportaciones lujosamante editadas por Porrúa, de un abanico de autores nacionales: disfrutamos - con más rigor que en el bachillerato - el texto de Eduardo García Máynez y el del sonorense Oscar Morineau, la Sociología del español residente en México Luis Recasens Siches, la Teoría del Estado de Francisco Porrúa Pérez, el compendio de 4 Tomos de Derecho Civil de Rafael Rojina Villegas, el Derecho Penal de Raúl Carrancá y Trujillo, el Derecho Mercantil de Felipe de J. Tena, de Roberto Mantilla Molina y Raúl Cervantes Ahumada, el Derecho Constitucional de Felipe Tena Ramírez y Antonio Martínez Báez, el Derecho Administrativo de Gabino Fraga y Andrés Serra Rojas, el Derecho Procesal Penal de González Bustamante, Las Garantías Individuales y El Juicio de Amparo de Ignacio Burgoa y de Alfonso Noriega, los dos Tomos del Derecho Mexicano del Trabajo de Mario de la Cueva, el Derecho Fiscal de Ernesto Flores Zavala, el  Derecho Internacional Público de Manuel de J. Sierra y de César Sepúlveda, entre otros.    

       Cada uno de esos brillantes académicos y Doctores en Derecho compartieron y nos regalaron, además de sus investigaciones  preñadas de la más rica bibliografía extranjera y nacional, una biografía digna de los homenajes que, la mayoría de ellos, se han hecho legítimamente acreedores, que pueden consultarse en Enciclopedias, libros y Revistas jurídicas.

       La implacable ley natural de la vida – y de la dialéctica muerte – se ha cumplido. Los restos mortales físicos de la gran mayoría de ellos reposan ya, al adelantársenos en el viaje sin retorno. Las reimpresiones de sus libros ocupan sitios de honor en Bibliotecas de Tribunales, Escuelas de Derecho y Despachos. Sus enseñanzas soportan, cotidianamente, estudios doctrinales de Sentencias, de cátedras y de Tesis profesionales. Sus prédicas ejemplares son dignas de imitación. Por ello mi inicial lamento: la actual orfandad de la ciencia del Derecho mexicano.

       Cuando digo actual orfandad no pretendo ignorar las valiosas aportaciones de los discípulos de aquellos imborrables juristas, jóvenes que han hecho y están haciendo meritorias y modernas aportaciones al campo de la Jurisprudencia: me refiero, por ejemplo - y solo por ejemplo – a Martha Morineau, Jorge Carpizo Mcgregor, Sergio García Ramírez, Fernando Flores García, Carlos Arellano García, Cipriano Gómez Lara, Agustín Pérez Carrillo, Miguel Acosta Romero, Modesto Seara Vásquez, Jorge Adame Goddard, Leonel Pereznieto Castro, Elisur Arteaga Nava, Manuel Becerra Acosta, Francisco José Contraras Baca, Carlos de Silva Nava, Alonso Gómez-Robledo Verduzco, Ricardo Méndez Silva, Alejandro Sobarzo Loaiza, Loretta Ortíz Ahlf, Ruperto Patiño Manfur, Emilio Rabasa, Rolando Tamayo Salmorán, Enrique Sánchez Bringas, Ulises Schmill Ordoñez, Fernando Vásquez Pando, José Arturo González Quintanilla.

Pero permítaseme, en esta ocasión, dedicarle estos recuerdos escritos a uno de esos magníficos preceptores, para mi particular opinión uno de los más - si no el más -  grandes y comprometidos socialmente juristas mexicanos  del siglo XX: Mario de la Cueva.   

La fortuna del padrinazgo de Mario de la Cueva

       Cursábamos el cuarto año de la Carrera. Mario de la Cueva  era ya precedido de una reputación intelectual, probada desde su cátedra en la Universidad Nacional; sus estudios de Derecho y Teoría del Estado en Alemania; su participación como Secretario proyectista de la Resolución del Amparo que negaba la protección de la Suprema Corte de Justicia a las Compañías norteamericanas en contra de la expropiación petrolera del Presidente Lázaro Cárdenas; su paso por la Rectoría de la UNAM; su magna obra de consulta citada, en dos tomos; su puesto de Coordinador de Humanidades de la misma UNAM; y su papel en la Comisión redactora de la Ley Federal del Trabajo de 1939 y en las sucesivas revisiones y reformas. Todo influyó para que al decidir los actos de nuestro acceso a la Pasantía, al concluir los primeros tres años de la carrera cuya culminación era la ceremonia de aniversario de la Escuela en  noviembre de ese año, lo designáramos nuestro Padrino de Generación.

       En la víspera de nuestra graduación, discutimos los pormenores del acto universitario. Como se acercaba el destape de candidato del PRI para la gubernatura del Estado, una corriente minoritaria propuso como Padrino a un precandidato, rico ganadero hermosillense. Pero la mayoría sacamos adelante la iniciativa en favor de Don Mario de la Cueva (que en realidad era en favor de nuestra dignidad estudiantil). Teníamos el ejemplo de la Generación anterior, apadrinada por Ignacio Burgoa Orihuela, autor de los Textos de Garantías Individuales y de El Juicio de Amparo.

        Formanos un Comité pro-graduación, redactamos una carta a tan notable Jurista, clarificándole que, contra la mezquina costumbre de pedir pago de anillos y banquete, costearíamos todos sus gastos y sólo le pedíamos nos  regalara el honor de ser nuestro Padrino.

       Además de no manchar con el signo de pesos la presencia de Don Mario, de los fondos obtenidos costeamos el material para que Alán Sotelo Cruz, que había iniciado sus estudios con la Generación anterior,  cursado un año de perfeccionamiento en la Escuela de Pintura La Esmeralda de Bellas Artes y quien era un estupendo artista plástico,  plasmara un elocuente óleo sobre tela. El lienzo, con influencia de Siqueiros, constituía una imagen rural que simbolizaba la vocación obrera y humanista de nuestro ilustre visitante.

       El 13 de noviembre de 1964 recibimos a Don Mario en el viejo Aeropuerto de Hermosillo; por la noche se celebró la entrega de nuestras Cartas de Pasante. El discurso en nuestra representación se  lo conferimos a Oscar René Téllez Ulloa  y, en el momento estelar del acto, escuchamos el mensaje de Mario de la Cueva, documento que personalmente he divulgado  en la Revista de la Escuela de Derecho de nuestra Alma Máter cuando fungí como Director; en la Revista de Derechos Humanos, que también fue mi responsabilidad; y en cada ocasión que se ofrece en mis pláticas y Cursos de Etica profesional en Universidades. He aquí su Discurso, conceptos aquellos que me han acompañado siempre:

Discurso de Mario de la cueva a la Generación 1961 - 1966

            “Nada puede ser más agradable a un viejo Maestro, que acudir al llamado de los jóvenes y dialogar con ellos, sobre tantas cuestiones que nos inquietan. A ellos, por que pronto tendrán que hacerlo frente a la vida, si es que no lo han hecho ya; y a nosotros, porque nos importan sus problemas y porque tal vez no supimos o no pudimos  resolver los grandes interrogantes de nuestra profesión. Y aumenta la alegría porque se trata de una Generación de Juristas, de un rincón fuerte y generoso de la tierra mexicana, en esta joven Universidad, que por serlo, puede y debe seleccionar lo valioso del pasado de otros Institutos y desterrar sus vicios y encarar mejor el porvenir. Y con mi afecto y mi amistad más honda les traigo mi más ferviente deseo por un futuro grande y hermoso y mi esperanza en la reivindicación de nuestra Ciencia, y en la grandeza de la función del abogado.

                   Habéis escogido, mis jóvenes amigos, la más bella de las ciencias y la actividad más pura. Concibo la Ciencia del Derecho  como ‘ el conocimiento de las causas humanas y sociales, a fin de crear, decir y aplicar la justicia en la vida de los hombres y de los pueblos ’; o si se prefiere emplear una fórmula breve, permitid que use las palabras de aquellos grandes maestros del Derecho que fueron los Romanos: ‘Es la ciencia de lo justo y de  lo injusto’; de aquella actividad que fue declarada en la Etica Nicomáquea: ‘la más bella y la armonía de todas las virtudes’.

Y es, en efecto, cierto que la Ciencia del Derecho se coloca en las más altas esferas del saber y del obrar. Cuando recorro los grandes sistemas filosóficos y científicos, desde los años de la cosmología griega hasta nuestros días, encuentro que todos los grandes visionarios han concluido en la investigación de la Justicia, contemplada como la manifestación suprema del espíritu y como el fin más puro y noble de la actividad del hombre. Así ha sido desde los tiempos de Anaximandro y Demócrito, hasta Joan Paul Sartre.

                   Y es algo más nuestra Ciencia del Derecho: es la condición de la vida social y de la humana, el marco de oro dentro del cual se desarrolla y perfecciona la acción de los hombres. Una sociedad no es un simple nacimiento de personas, sino un orden dirigido a un fin. Dentro de él se desenvuelve la vida, la cooperación, la búsqueda de la felicidad y del progreso. Y ahí se yerguen las Universidades, desde aquella magnífica que fundó Platón en los Jardines de Acandomo, hasta esta Universidad de Sonora, a la que los hombres del sur miramos como una de las trincheras de nuestra cultura. El orden justo dentro del cual puede crecer la vida social; tal es el objeto de la Ciencia del Derecho, de esta Disciplina a la que habéis de dedicar, mis queridos amigos, lo mejor de vuestros seres.

                   Imagino las Universidades como las Catedrales góticas; su esencia y su misión primera es la  plenitud del saber; pues ningún tema ni cuestión alguna puede serles ajeno. Veo dibujarse en las naves del edificio sus diversas Facultades y Escuelas; el conocimiento del universo, de la naturaleza, del cuerpo y del espíritu; de la vida biológica, de la social y la realidad histórica. Y no parece que sobre esas naves, que ciertamente han adquirido una dimensión colosal de nuestro siglo - tal vez demasiado colosal para sentirse humanas -, se elevan esbeltas y soñadoras las torres de la Justicia, en un ansia infinita de encontrar en el espacio, no las riquezas de nuevos planetas, sino el sentido y el destino del hombre y de la humanidad y las normas de una convivencia justa. Dentro de este edificio del saber, la Ciencia del Derecho es la Ciencia de la humanidad, que nos viene de los Dioses, como el regalo más fino y más generoso.

                   Cuenta Protágoras, el sofista que representa el pensamiento democrático de Atenas, que Zeus, el padre de los Dioses, conmovido por el dolor y la tragedia de los hombres, que vivían en lucha constante, igual que las fieras de la selva, llamó a Hermes y le dijo que descendiera a la tierra, a fin de que enseñara a los hombres la Ciencia de la coexistencia y de lo justo. Preguntó el mensajero al Dios del Olimpo si debía proceder como en el caso de las artes particulares, la Medicina o la Astronomía, que se enseña a unos pocos para el servicio del pueblo. ¡A todos!, respondió Zeus, por que la Ciencia de lo justo y de lo injusto posee un sentido universal y por que es el primero de los deberes del hombre y la base para que florezca la cultura y crezca la civilización y es el marco indispensable para que el hombre pueda asomarse al reino de las ideas y a la morada de los Dioses.

                   Pienso, queridos ahijados, que una cualidad primordial del abogado es el amor por la igualdad y la libertad de todos y la decisión firme y constante de defenderlas siempre y en todo lugar. Si no lo hiciera, renegaría de su esencia y de su destino. La libertad y la igualdad, dos palabras que a decir verdad son una sola, son elementos integrantes de la dignidad de los hombres y de los pueblos; y nuestra Ciencia es el instrumento para conquistarlas y defenderlas. Para ser Universitario y Jurista es necesario ser libre, y es únicamente en los pueblos que aman la libertad y respetan la igualdad, donde germina la cultura y se abren las compuertas para que pase el espíritu.

                   Relata Herodoto en las Historias, que a la muerte de Cambyses, hijo de Ciro, Rey cruel que había ordenado la muerte de su hermano Esmerdis, se reunieron los grandes de Persia para determinar cuál debería ser la forma futura de gobierno: Darío propuso la Monarquía, Megabyses la Aristocracia y, finalmente, Otanes habló en favor de la Democracia. La votación se inclinó por Darío, por que Persia no estaba preparada para la igualdad y la libertad de los hombres y fue entonces cuando Otanes pronunció este bello discurso:

                   Persas: puesto que es necesario que uno de nosotros devenga Rey, sea que la suerte o el voto de la nación lo coloquen en el trono, no me tendréis por concursante. No quiero ni mandar ni obedecer; os cedo el imperio y me retiro, a condición sin embargo de que no estaré bajo el poder de ninguno de ustedes y de que tampoco lo estarán los míos, ni mis descendientes, a perpetuidad .

                   Y el Padre de la Historia concluye diciendo: ‘ La casa del defensor de la Democracia era la única que, en Persia, gozaba de la libertad ’.

                   Recojo la enseñanza del Maestro historiador y formulo mi voto más ferviente por que vuestra casa, a perpetuidad, y la de vuestros amigos y compañeros, y las casas de todos, sean un oásis de libertad y un templo a la  Justicia.

                   En un mundo en crisis como el nuestro, la misión del Jurista se agiganta y se ennoblece; de la selva y de la llanura del continente en que vivimos nos llega el grito de rebeldía y de ‘ hambre y sed de Justicia ’, como dijera Justo Sierra; del hombre americano y de las fuerzas explotadas y atormentadas, de las que han reivindicado Gallegos,  en Canaima o en Pobre negro; Bibera, en La Vorágine; Zalamea, en Cuatro años a bordo de sí mismo; Jesús Lara, en Jawrnivca, la novela de la revolución agraria de Bolivia; Alegría, en El mundo es ancho y ejeno; y Azuela, en Los de abajo; e inmortalizado en los pinceles de Orozco, de Rivera y de Siqueiros.

                   En un mundo así, el primero de los senderos que nos señaló el destino, en la escuela y en la vida, es la creación de un Orden justo. Los Juristas de este medio siglo ya no pueden ni deben dejarse arrebatar la historia, ni ser espectadores del futuro; no concretarse a ejecutar lo que otros creen. Sin duda, su misión es obra de titanes, pero es hermoso vivir en un tiempo que plantea a sus hombres grandes temas: es preciso que sepan elevarse a la altura de su tarea; volver a ser, como los Jurisprudentes de Roma, la conciencia jurídica del pueblo y la fuente de la creación del Derecho Social del porvenir; señalar las bases del nuevo Derecho Internacional y de la Seguridad Social; ser el faro que conduzca los pasos del gobernante en la realización del bien común y el consejero de toda acción noble y generosa en las relaciones entre los hombres.

                   Una vez creado el Orden justo; cuando el grito de dolor y de amargura del hombre americano se haya trocado en un himno a la alegría, entonces - y sólo entonces -, surgirá nuestro segundo sendero: luchar por la aplicación del derecho a la libertad, de la igualdad y la justicia, ante los tribunales o delante de los Poderes estatales, sin perder nunca de vista que que el fin del Jurista no es enriquecerse, ni ganar muchos negocios, sino decir y pedir la justicia, sin olvidar tampoco que en sus sentencias debe atender sólo a la verdad, y que debe ser generoso con el caído e implacable en la defensa de los derechos humanos; que no debe patrocinar causas injustas y que habrá de decir a sus clientes, cuando no tengan razón, que deben reconocer el derecho de los otros.

                   Son tantas las cosas por decir, pero me falta el tiempo. Estoy cierto de que ellas están en vuestros corazones, tan puros como lo es el alma de la juventud. Me voy confiado en el mañana y en el parentezco espiritual. Pero antes de irme quiero entregarles, queridos ahijados, el Sentimiento de lo justo que brotó un día, hace ciento cincuenta años, en aquel maravilloso documento que lleva por nombre El Decreto Constitucional de Apatzingán. Las palabras proceden de Morelos, del Capitán del Anáhuac, que fue el primer socialista humanista de América:

‘La buena ley es superior a todo hombre’.

                   En la creación de la buena ley y en su aplicación por hombres justos, está la misión del Jurista y el destino que os espera. Muchas gracias.”

 

 Memorable jornada académica

       Esta memorable jornada académica en el Auditorio del Museo y Biblioteca de la Universidad, la disfrutamos las autoridades del gobierno y de la Universidad, nuestros familiares y 17 alumnos.

¡ Déjenlos que construyan ...!

       Al día siguiente lo atendimos desde temprano, lo esperamos a la sombra de los dos enormes yucatecos plantados en la antigua terraza del Hotel San Alberto. Después nos paseamos por Hermosillo. Cuando nos desplazábamos por las Avenidas de la exclusiva Colonia Pitic, sombreadas por los majestuosos laureles de la India y le explicábamos que  la Casa de Gobierno y las fastuosas residencias - que le provocaron una exclamación de admiración -, eran de las familias y clases más pudientes y privilegiadas de la Capital, el Maestro, serio, con su mirada escrutadora tras los gruesos espejuelos de intelectual y su dicción gutural por sus años de estudio en Alemania, con elegante energía musitó un: - “¡Déjenlos que construyan ...!” (como pensando, para sí mismo y compartiendo con nosotros, imagino ahora algo así como:¡... ya después servirán de viviendas, Hospitales y Escuelas,  para los millones de menesterosos y sin-tierra-y- sin-riqueza de este país ...!” -.)

Por la tarde lo despedimos en el Aeropuerto, con el orgullo de contar con un Padrino de oro, la satisfacción de una convivencia educativa plena de emociones pero también con el deber moral de asimilar y asumir, en los años de nuestra siguiente etapa formativa y profesional, la misión que nos esperaba, a la altura de nuestra tarea de titanes.

       Una prueba más de la dignidad ética y del compromiso ideológico de De la Cueva nos la legó en su libro La idea del Estado, editado poco antes de su muerte por Textos Universitarios de la UNAM, en cuya dedicatoria escribió:

       A los estudiantes  y al pueblo de México caídos en la lucha por la libertad y la justicia el 2 de octubre de 1968 y el 1 de junio de 1971 en las calles de San Cosme.

       Con motivo de su fallecimiento, publiqué un Artículo en El Imparcial,  que a continuación  reproduzco:

Artículo sobre la muerte de Mario de la Cueva

            “ La muerte de Mario de la Cueva es de las que sí justifican - con mucho - los calificativos de sensible e irreparable, lugares comunes en estos casos. Es más, su desaparición física, trasciende el calificativo convencional y se registra en el libro de la historia del pensamiento jurídico hispanoamericano del presente siglo.

            Gigante del pensamiento y defensor  ‘ de los sin tierra - y - sin - riqueza - que sólo cuentan con su fuerza de trabajo ’ (como los caracterizó), su paso por la vida deja profunda e imborrable huella, al haber desempeñado importantes responsabilidades en dos de los ámbitos en los que más es posible realizar y justificarse - ética y socialmente - un auténtico profesional de la Ciencia del Derecho: el Poder Público y la academia universitaria.

            En 1964, con motivo de la recepción de la Carta de Pasantes de mi Generación 1961-1966, cuando todavía no dominaba la indigna costumbre actual de vender el honroso Padrinazgo de una Generación a cambio de 30 monedas universitarias - anillo y banquete -, Mario de la Cueva aceptó nuestra invitación para apadrinarnos. Su presencia y compañía fue - y sigue siendo - una lección imborrable en la mente y en el corazón de los jóvenes de entonces.

            En 1973, la Dirección de la Escuela de Derecho de nuestra Universidad lo invitó a un Ciclo de Conferencias sobre ‘ La nueva Ley Federal del Trabajo ’, aún vigente, de cuya Comisión Redactora había sido Presidente. Conservo en vivo testimonio, la grabación de dichas conferencias difundidas al través de Radio Universidad de Sonora.

            En 1974 fungió como Presidente del Quinto Congreso Iberoamericano de Derecho del Trabajo y de la Previsión Social, y permanece inolvidable el largo aplauso que, de pie, le tributamos la comunidad científica laboral, al ser considerado, por aclamación, el ‘Maestro de América’.

            En los últimos años, en Diarios  nacionales escribió Artículos críticos, referidos, entre otros importantes temas, a las Iniciativas Presidenciales respecto a las legislaciones sobre la Autonomía Universitaria, sobre el marco laboral de los trabajadores universitarios, la intervención de la H. Suprema Corte de Justicia de la Nación en la calificación de los procesos electorales y el Capítulo Procesal de la Ley Federal del Trabajo.

            El Maestro De la Cueva encaja perfectamente en la distinción que entre Profesor y Maestro hizo otro gigante del pensamiento jurídico - Don Eduardo García Máynez -, en una Conferencia  Homenaje que le organizamos en  la Escuela de Derecho de nuestra Universidad, en 1976:

             Quienes frecuentamos, entre 1925 y 1930, las Facultades de Jurisprudencia y de Filosofía, tuvimos muchos buenos profesores y dos grandes Maestros, en la más noble acepción de ésta  palabra: Maestro y Profesor. El Profesor es para el alumno la persona que cumple, con mayor o menor acierto, su función académica y nada más; el Maestro en cambio, no únicamente enseña, también educa. La acción de aquel se desenvuelve y concluye dentro del marco estrecho de la asignatura y el aula; la de este rebasa tales límites y proyecta su influencia formadora sobre el horizonte total de la existencia del discípulo. El profesor trasmite conocimientos, el maestro hace pensar, es guía para la vida y suscita vocaciones y entusiasmo. De aquí que, a la diferencia entre profesores y maestros corresponda, en el polo opuesto, una distinción paralela entre alumnos y discípulos, pues el profesor tiene alumnos, en tanto que el maestro, quiéralo o no, pronto se ve rodeado de un grupo más o menos grande, de fieles seguidores.

            Mario de la Cueva murió sin ver realizados muchos de sus sueños, transmitidos en sus Obras. Fue testigo, sí, y además autor, de muchas de las conquistas laborales que, con la óptica del presente, vemos que forman parte ya del aún incompleto patrimonio jurídico del trabajador. Seguramente inspirado en el entonces y todavía ahora revolucionario texto original del Artículo 123 de la Constitución Política de 1917 - que arrancó de cuajo las relaciones de trabajo de la arcaica legislación civil y las inscribió, para darles nueva vida, en  un nuevo Derecho, el Derecho de clase -, vivió intensamente en el inalcanzable afán de hacer menos difícil la situación de los que aportan su fuerza de trabajo en el proceso de la producción.

            Si acaso los incinerados restos de Mario de la Cueva descansarán ‘en paz’, su obra intelectual no deberá descansar hasta en tanto su ejemplo sea imitado por quienes, en la posición que fuera, son responsables de legislar, de pedir o de impartir la Justicia Social, en las relaciones de trabajo.

            Quizá ‘ la sentencia del futuro ’ justifique y fructifique los esfuerzos y augurios de Mario de la Cueva, de quien tomo textualmente estas líneas últimas, con las que termino mi evocación:

            ‘El tratamiento que se otorgue al trabajo y al respeto que se tenga a su estudio jurídico, es uno de los grandes temas de nuestro país y de la humanidad. Al pensar en la aplicación de la Ley nueva, vienen a nuestra memoria las palabras de José Martí: ‘Así como los Jueces debieran vivir un mes como penados en los presidios y cárceles para conocer las causas reales y hondas del crimen, y dictar sentencias justas, así los que desean hablar con juicio sobre la condición de los obreros, deben apearse a ellos y conocer de cerca su miseria ’.

            La historia es inexorable y no se ha detenido nunca; en la marcha de los siglos, los hombres, los pueblos y la humanidad han encontrado siempre los caminos para superar sus crisis. La que vivimos tiene su característica especial: es la lucha contra el capital, de ‘los sin - tierra - y - sin - riqueza’  en contra de los poseedores de la tierra y de la riqueza; de la  miseria contra la opulencia. El mismo Martí pronunció la sentencia del futuro: ‘ El trabajo, el gigante atlas de la leyenda griega, se está cansando de llevar a cuestas al mundo, y parece decidido a sacudírselo de los hombros, y busca modo de andar sin tantos sudores por la vida ’. ”

       ¿Verdad que son recuerdos que – además de compartirse – no deben olvidarse?”

 

LA UNAM RINDIÓ HOMENAJE A MARIO DE LA CUEVA EN EL CENTENARIO DE SU NATALICIO

11 julio 2001.

· El rector Juan Ramón de la Fuente y cinco ex rectores encabezaron la ceremonia en el auditorio de la Coordinación de Humanidades.

· De la Cueva representa una energía moral para los universitarios, afirmó Jorge Carpizo.

· Su trayectoria en la institución, paradigma útil al proceso de reforma que llevará adelante la Universidad Nacional, añadió.

Con motivo del centenario del natalicio del jurista Mario de la Cueva y de la Rosa, el rector Juan Ramón de la Fuente y cinco ex rectores encabezaron la ceremonia conmemorativa a la cual asistieron también familiares del ex rector, autoridades de la Junta de Gobierno y el Patronato de la UNAM, así como consejeros universitarios.

El orador único, Jorge Carpizo Mcgregor, académico del Instituto de Investigaciones Jurídicas, afirmó que la personalidad del jurista representa una noción ética y una energía moral para los universitarios. Mario de la Cueva, sostuvo el investigador universitario, es un paradigma y una idea que se actualiza siempre.

En los diversos cargos que ocupó en la Universidad Nacional, indicó, buscó encauzarla como institución de excelencia académica al servicio de un país en el cual las ideas de justicia social y democracia fueran una realidad.

Al hablar en la Coordinación de Humanidades ante Juan Ramón de la Fuente y los ex rectores Pablo González Casanova, Octavio Rivero Serrano, Guillermo Soberón Acevedo y José Sarukhán Kermez, Carpizo Mcgregor explicó que para Mario de la Cueva la UNAM debía preservar lo mejor del humanismo, ser activa, libre, académicamente rigurosa y mantenerse en renovación continua.

La constante actualización de la Universidad Nacional, dijo, ha sido un ejercicio constante de la autonomía y el gran protagonista de la reforma que emprenderá la institución son y tienen que ser todos los universitarios, fundamentalmente el personal académico.

En este sentido, subrayó, los universitarios queremos que en la próxima reforma universitaria se logren muchos pasos hacia adelante. En la UNAM el diálogo ha permitido alcanzar acuerdos para superar problemas y recrear una institución que por muchos motivos es objeto de admiración, puntualizó.

En el proceso que habrá de llevar adelante la institución, precisó, el paradigma de Mario de la Cueva sirve de mucho para anteponer los intereses de la Universidad Nacional por encima de los personales y preservar su calidad académica de excelencia al servicio del país.

De la Cueva, añadió Carpizo Mcgregor, fue un defensor infatigable de la autonomía universitaria como tronco y raíz, estrechamente ligada con el alto nivel académico y la proyección social, así como de la libertad de cátedra e investigación, como fundamentos de toda su actividad, y de la prerrogativa para establecer sus planes y programas de estudio, así como de autogobernarse.

Le tocaron librar muchas batallas en ese sentido, mismas que hoy forman parte del patrimonio espiritual de los universitarios y que han preservado a la institución en sus múltiples avatares, explicó.

El deslinde con respecto a la política y el combate a la mediocridad académica, agregó, son principios esenciales a la UNAM como entidad pública que forma parte de lo mejor del país, permite la movilidad social y forma a sus estudiantes con vocación de servicio en beneficio de la comunidad.

Al desempeñarse como rector de la Universidad Nacional en la década de los 40, señaló, algunos de sus logros más importantes fueron el fortalecimiento de la labor editorial de la institución, en particular la dirigida a los estudiantes, así como la fundación del Instituto de Derecho Comparado, el cual actualmente se denomina Instituto de Investigaciones Jurídicas.

Mario de la Cueva, continuó, también se opuso ante el entonces presidente Manuel Avila Camacho a la creación de una asociación de universidades mexicanas que estuviera presidida por el secretario de Educación Pública y no por un rector.

La pasión que Mario de la Cueva sentía por su Universidad Nacional lo llevó a sufrir los embates y problemas que la aquejaron. Luchó por una institución fuerte, que preparara al estudiante en su futura profesión y le ofreciera la posibilidad de formarse una visión social, para que egresaran de la UNAM los hombres que transformaran a México, lo fortalecieran democráticamente y lo hicieran una nación más justa.

Carpizo Mcgregor destacó que la figura del jurista universitario se encuentra íntimamente ligada a uno de los mejores momentos de la historia mexicana del siglo XX, ya que tuvo a su cargo la redacción del anteproyecto de sentencia de amparo que, al afectar los intereses de empresas petroleras, motivó la negativa de éstas a cumplirla y ello, añadió, derivó en el decreto expropiatorio de ese hidrocarburo.

Asimismo, resaltó, su obra sobre derecho del trabajo lo colocó como el tratadista más importante en la materia, quien influyó en la teoría, la legislación y la jurisprudencia en el ámbito laboral mexicano.

Sus ideas y su pluma redactaron varias reformas constitucionales en materia de derecho del trabajo, como la vigencia de la participación de los trabajadores en las utilidades de las empresas y la creación de un mejor sistema para la fijación de los salarios mínimos, comentó.

Jorge Carpizo expresó que en la obra de Mario de la Cueva como investigador, catedrático, juez y legislador existe la preocupación constante por la justicia social. Luchó contra la espantosa desigualdad social y sus ideas al respecto continúan vigentes, manifestó.

En la ceremonia Juan Ramón de la Fuente canceló el sello postal con la imagen de Mario de la Cueva con motivo de los 100 años de su nacimiento y entregó a la señora Magdalena De la Cueva, familiar del ex rector, la medalla conmemorativa por el centenario del natalicio del jurista.

De la Fuente también entregó la medalla a los cinco ex rectores Pablo González Casanova, Octavio Rivero Serrano, Guillermo Soberón Acevedo, Jorge Carpizo Macgregor y José Sarukhán Kermez.

 

En La Jornada, 15 julio 2001, Néstor de Buen escribió

 El maestro Mario de la Cueva:

“El pasado miércoles 11 de este lluvioso mes de julio, la UNAM rindió un cálido homenaje a un maestro ejemplar: Mario de la Cueva, con motivo del centenario de su nacimiento.

Mis recuerdos de Mario de la Cueva, ciertamente el laboralista más distinguido de América, y no dudaría mucho en incluirlo con la misma categoría en cualquier parte del mundo, especialmente Europa, son variados. Lo que es una forma discreta de decir que en nuestra relación hubo de todo, pero casi todo excelente.

No fui su alumno de derecho del trabajo en la licenciatura. Mis responsabilidades económicas, en una etapa muy difícil pero enseñadora, ya que mi padre había fallecido cuando yo cursaba el tercer año de la carrera y nos quedamos en condición económica muy precaria mi madre, mis tres hermanos y yo, no me permitía elegir horarios. La entrada a la chamba, a las 9 de la mañana, no daba oportunidades. Y quiero suponer que, además, porque no me interesaba en particular el derecho del trabajo. En cambio disfruté de su cátedra de estudios superiores de derecho público, en el doctorado. Y quizá por ello mismo -y en el homenaje lo dijo en su magnífico discurso Jorge Carpizo- siempre creí que el maestro estaba más interesado en la teoría general del Estado y en el derecho constitucional que en el derecho del trabajo.

Su clase era convincente. No sólo explicaba sino que gozaba con sus argumentos que en aquellos tiempos, 1952, ya evidenciaban una posición política de izquierda, arraigada en el marxismo y con un sentido social emocionante.

Me había inscrito, con audacia no justificada, para una oposición a un segundo curso de derecho civil de la que nunca tuve noticia exacta de cuándo se iba a celebrar y finalmente no me presenté. Pero un día me llamó el maestro, entonces director de la Facultad de Derecho, y me propuso una sustitución, en una hora infeliz, de 10 a 11, nada menos que de don Francisco H. Ruiz, un civilista de abolengo, y sólo por un mes. Acepté y empecé a dar clases de bienes, derechos reales y sucesiones en el mes de mayo de 1953. Entraba a clase aterrorizado, con el miedo de que se me acabara el tema y ese miedo intenso me duró por lo menos tres años y quién sabe si aún me queda algo.

Don Francisco H. Ruiz, que había aprobado mi tesis y presidido mi examen profesional, ya no regresó. Me supongo que se quedó tranquilo a la vista de que un joven audaz, de 27 años, se atreviera a ocupar, no su lugar, sino simplemente el asiento de su cátedra.   

Pasaron muchas cosas. Roberto Mantilla Molina, ya director de la facultad, me dejó sin clases en represalia por no haber presentado la oposición. Pero no tardó, en otro apuro, en llamarme. Me conocía por mis colaboraciones en el Instituto de Derecho Comparado que él había dirigido. Y ahí me quedé.

Muchos años después el maestro De la Cueva me hizo el honor de presidir mi examen de grado con un sínodo espectacular que integraban con él Antonio Martínez Báez, Eduardo García Máynez, Rafael Rojina Villegas y Rafael de Pina Milán. Dijo, y no se me olvida, que el examen había sido una fiesta de la cultura.

Estuvimos juntos en el Congreso Iberoamericano de Derecho del Trabajo que se celebró en Sevilla, ¡nada menos!, en 1970. Después me invitó a acompañarlo en la organización del Congreso Iberoamericano celebrado en México, bajo su presidencia, en 1975.

En una reunión de juntas de Conciliación y Arbitraje en Guadalajara, me tocó intervenir y criticar algunas de sus ideas y las de Alberto Trueba Urbina, exactamente enfrente de los dos, que estaban sentados juntos aunque no se podían ni ver.

En esa ocasión, Enrique Alvarez del Castillo y Virginia, su esposa, Manuel Alonso Olea y Angelines, Nona y yo, cenamos con el maestro en un restaurante típico y disfrutamos de su charla, de su buen humor, de su gran capacidad de contar anécdotas.

Me declaré su admirador pero también crítico de su obra en el primer tomo de mi Derecho del trabajo. No le hizo gracia. Y en el último congreso internacional en que estuvimos juntos me atacó ferozmente, sobre un tema de justicia social, sin mencionarme por nombre. No quise, aunque pude, replicar. Estaba enfermo, ya terminal. Y, sobre todo, rodeado de sus amigos iberoamericanos y a mí me merecía un enorme respeto y un extraordinario afecto.  

Siempre he dicho que en el siglo XX los dos juristas mexicanos más distinguidos han sido Mario de la Cueva y Eduardo García Máynez. Y no sólo en México.”

       En 1954 Mario de la Cueva era Director de la Facultad de Derecho  de la UNAM y renunció al cargo por un conflicto de carácter académico y administrativo con las autoridades centrales de la UNAM (el Rector Luis Garrido y Director General de Servicios Escolares Juan González Alpuche), quienes autorizaron, indebidamente, la celebración de algunos exámenes del alumno Miguel Alemán Velasco fuera del local de la Facultad y del control de sus autoridades.  El asunto no se convirtió en un gran escándalo nacional debido a que de la Cueva no quiso que su renuncia perjudicara el prestigio del alumno Alemán.

 

                     En noviembre de 1981 la Editorial Porrúa publicó un libro llamado Testimonios sobre Mario de la Cueva (que supongo agotado pero que se puede consultar en la Biblioteca Central de la UNAM) y en el año del 2001 Jorge Carpizo leyó un extenso y documentado texto sobre Mario de la Cueva en el homenaje que le rindió la UNAM con motivo de su centenario.

 

 
ENCUESTA
Encuesta
La reforma legal para uso recreativo de la marihuana es:
Bueno y conveniente para la salud pblica.
Malo e inconveniente para la salud pblica.
Tengo duda razonable.


Ver resultados
Encuesta
El Otro Sonora Ya! 2015-2021 pinta para ser:
El cambio que necesitbamos.
Lo mismo de siempre, en el fondo.
Tengo duda razonable.


Ver resultados
PUBLICIDAD