EDUARDO GARCÍA MÁYNEZ (1908-1993).
Dentro del amplio grupo de discípulos de Antonio Caso, dedicados a alguna rama de la Filosofía, destaca Eduardo García Máynez, cuya labor se centró en la Filosofía del Derecho.
N. en la ciudad de México el 11 de enero de 1908, después de cursar su educación primaria y media, ingresa a la Facultad de Química de la Universidad Nacional, luego deriva hacia la de Jurisprudencia, obteniendo el título de abogado en 1930. Animado por el maestro Caso, se dirige a Europa en donde asiste a varios cursos de filosofía. De regreso a México ocupó importantes puestos administrativos y docentes. Fundó y dirigió el actual Instituto de Investigaciones Filosóficas, además dirigió varias revistas especializadas.
Relata que los filósofos que más influyeron sobre él fueron en la Universidad de Berlín, Nicolás Hartmann, especialmente por sus obras de carácter axiológico como su Ética, que considera el libro más importante que sobre la materia se haya escrito. El otro, en la Universidad de Viena fue Alfred Von Verdross, con quien siguió el curso de Introducción al Estudio del Derecho y de Filosofía Jurídica.
Sus principales obras: El problema filosófico-jurídico de la validez del Derecho (1935); Introducción al estudio del derecho (1940); Libertad como derecho y como poder (1941); Introducción a la lógica jurídica (1951); Los principios de la ontología formal del derecho y su expresión simbólica (1953); Lógica del concepto jurídico (1959); Lógica del raciocinio jurídico (1964); Problemas de la objetividad de los valores (1969).
Así se expresa de uno de sus libros:
“Caracterización general del Anarquismo. La primera característica esencial del anarquismo es la repudiación de lo normativo. Los anarquistas son enemigos de toda norma y, en principio, de todo valor. El derecho, la moral, los convencionalismos sociales, la religión, aparecen ante sus ojos como exigencias arbitrarias, nacidas de la ignorancia, la maldad o el miedo. Para los partidarios de la doctrina, las leyes humanas son pretensiones injustificadas e injustificables. La voluntad de los demás no puede obligarles. Las reglas éticas, los dogmas religiosos, los preceptos jurídicos, son enteramente artificiales. Opónense a la naturaleza, que es el único valor auténtico y, pretenden desviarla de su cauce, torcer su sentido, DESNATURALIZARLA. Lo que es natural no puede ser malo. Es lo plenamente valioso. Enfrentar al libre curso de lo existente el fantasma del deber, constituye un pecado contra la vida, una degeneración, una hipocresía. Hipocresía y mentira de los cobardes, engaño de los débiles, que tratan de hacer creer a los fuertes en la igualdad de todos los hombres.
Nada es idéntico en la naturaleza. Ni siquiera dos copos de nieve, o las dos más parecidas hojas de un mismo árbol. Los vivientes tampoco son iguales; el fuerte se impone al débil; devora el león al cordero; el pez grande engulle al chico. Ésta es la verdadera justicia, por ser la justicia natural. Inicuo sería tratar igualmente a quienes son distintos. De este modo, la tesis transfórmase en teoría del derecho de la fuerza, que culmina en la glorificación del superhombre.”
Después de la búsqueda de su verdadera vocación profesional, como todo adolescente, tuvo la fortuna de encontrarla en las primeras cátedras que tuvo con Don Antonio y Don Alfonso Caso, en la Facultad de Filosofía, habiendo tenido, al término de sus estudios jurídicos, a Don Antonio como presidente del Jurado de su Examen Profesional, junto con los ilustres Profesores Francisco Consentini, Mario de la Cueva, Francisco de Paul Herrasti y José Zapata Vela, con una Tesis sobre “Relación entre Derecho y Moral”.
En 1939 comenzó a ejercer como profesor de la UNAM y desde 1953 fue director de su Facultad de Filosofía y Letras.
Realizó estudios de postgrado en las Universidades de Berlín y de Viena, con los profesores Nocolai Hartman y Adolf Verdross, a la sazón discípulo de Hans Kelsen, en búsqueda de cuyos conocimientos, originalmente, acudía a Viena Don Eduardo García Máynez.
Ya de regreso a nuestro país, inicia su fructífera vida docente, tanto en Derecho como en Filosofía, fundando el Curso de Introducción al Estudio del Derecho, junto con Juan José Bremer y Antonio Carrillo Flores.
Fue Secretario General de la Universidad Nacional Autónoma de México durante los períodos de los rectores Alfonso Caso y Genaro Fernández McGregor.
Conferencista huésped, entre otras, en las Universidades de Guatemala, El Salvador, La Habana, Lima, Costa Rica, Montevideo, Canadá, Caracas, Puerto Rico, Buenos Aires, Chile y Houston.
Ostenta el doble y honroso merecimiento de Profesor e Investigador Emérito de la UNAM. Debe destacarse su obra en lo relativo a los estudios que hizo sobre Etica y sobre todo la Lógica Jurídica, respecto de lo que el mismo Jefe de la Escuela vienesa, Hans Kelsen, reconoció lo había superado. En otras palabras, debe decirse que lo anterior lo convierte, definitivamente, en el más completo filósofo mexicano del Derecho.
Sus investigaciones versaban sobre el problema de la ética y la filosofía del Derecho, con notable influencia de la tradición germánica. Estuvo empeñado en proponer una axiología jurídica objetiva que tuviera por fundamento la idea de la libertad humana. Aplicando las propuestas de la moderna axiomática, estudió la posibilidad de elaborar una lógica del deber jurídico, que influyó de forma notable en América Latina. En su axiomática trabajó la aplicación al ámbito jurídico de los principios lógicos de identidad, contradicción, tercio excluido y razón suficiente. Autor de Libertad como derecho y poder (1940), Introducción a la lógica jurídica (1951), Los principios de la ontología formal en el derecho (1953) y otros. Miembro del Colegio Nacional desde 1957, premio Nacional de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía (1976) y premio UNAM (1987).
Igual que todos los estudiantes de Derecho y Abogados Latinoamericanos, tuve el honor de conocerlo, intelectualmente, a través de su clásica obra introductoria, en el año de 1960, en la Escuela Preparatoria; después, como arquitecto de los cimientos de nuestras bases de conocimiento que sustenta mi calidad de aspirante a Jurista; y actualmente me sigo considerando discípulos suyos, al abrevar en su pensamiento para transmitirlo a mis alumnos en la difícil, responsable y trascendente tarea de formar los Juristas de hoy y de mañana.
Seguramente todos hemos sentido, alguna vez, el impacto de sus primeras lecciones, al llevarnos de la mano para aprender el carácter normativo o enunciativo de los preceptos del Derecho, al plantearnos el primer interrogante de nuestra disciplina: ¿Qué es el Derecho?, para enseguida referirnos la teoría kantiana de los imperativos y terminar criticando la clásica estructura lógica de la norma jurídica del padre de la Teoría pura del Derecho y decirnos que pasa por alto el término de derecho subjetivo, complemento del deber jurídico, como consecuencias de la realización del supuesto jurídico. Y así, no va deslindando las nociones del Derecho del de la Moral y de los convencionalismos sociales; prosiguiendo con las fuentes del Derecho, la clasificación de las normas que lo integran y darnos las bases prístinas de la problemática de las relaciones que mediante entre el Estado y el Orden Jurídico. En forma sistemática - pretensión que obtiene cabalmente - nos explica las disciplinas fundamentales y auxiliares que estudian al Derecho. Nos prepara ya para aprender lo que denomina los conceptos jurídicos fundamentales: supuesto jurídico, hecho jurídico, consecuencia jurídica, derecho subjetivo, persona, sanción y coacción. Finalmente nos enseña los principales problemas de la Técnica o Aplicación del Derecho en la vida práctica: determinación de la vigencia, interpretación, integración, conflictos de leyes en el tiempo y en el espacio.
En homenaje brindado por la Escuela de Derecho de la Universidad de Sonora en 1975, expresó “algunas reflexiones sobre la importancia que reviste, para los jóvenes, ese llamado que denominamos vocación; .. no hay ningún mérito en acatar su mandato, ya que lo que esa voz interior nos ordena, coincide con nuestros deseos más íntimos y suele ser fuente de dicha, o al menos de contento. Ciertas naturalezas tienen suerte de percibir, en edad temprana, el imperioso llamamiento y de percibirlo en forma clara e inequívoca; otros, en cambio, descubren su vocación tardíamente o cuando menos lo esperaban. Fue lo que ocurrió al que habla: después de abandonar los recién iniciados estudios de Química y de inscribirme en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, creyendo que una vez terminada la carrera iba a dedicarme al ejercicio de la abogacía, comprendí, al escuchar al más venerado de mis maestros, que mi actividad futura no sería la de litigante inquieto y luchador, sino la del contemplativo que prefiere a la brega diaria en oficinas y tribunales, los serenos goces que dan al hombre de estudio el contacto con los libros y las tareas de investigación.
“No abusaré de la bondad de ustedes, si en ocasión tan placentera para mí, dedico un breve recuerdo al maestro que despertó mi vocación filosófica y mi amor a la docencia: muchos de los que me hacen el honor de escucharme habrán adivinado ya, sin duda alguna, que acabo de aludir a Don Antonio Caso, de quienes fuimos discípulos no pocos de los que en el México de hoy nos dedicamos profesionalmente al cultivo de la Filosofía. No voy a referirme, ni hace falta, a la vasta producción escrita del autor de El Peligro del Hombre; sus Doctrinas son bien conocidas, como en ensayos y en artículos periodísticos. Lo que ahora me propongo exponer, son los fundamentos de una añeja convicción: la de que Don Antonio Caso - como había dicho Emerson - era una figura representativa, puesto que en él concurrían, armonizándose de modo perfecto, las virtudes o atributos que nos parecen definitorios de la idea - o si a ustedes les place más - del ideal del Maestro. Nada tiene de particular que en las obras que sobre él se han escrito, subyace, en primer término, su valor humano; y de quienes por varios años seguimos los cursos que él profesaba en la Facultad de Filosofía, no vacilaré en decir, seguro de no equivocarme, que lo que más nos admiró siempre y lo que siempre recordamos, no es el contenido de su enseñanza, quiero decir al aspecto teórico de su magisterio, sino la impecable congruencia entre pensamiento y acción, de que dio tantas pruebas durante su fecunda vida. Detrás del gran metafísico, del científico ilustre o del artista de genio, a veces se oculta un ser unilateral, humanamente pobre, pese a los quilates de su legado filosófico, científico o artístico. Pero puede ocurrir que también el nivel de la obra esté muy por debajo de lo que atribuimos a quien la creó, y que las cualidades de éste, no la de su aportación a la cultura, sean las determinantes de su grandeza. Hay, por último, seres privilegiados en quienes - para usar un giro aristotélico - las virtudes éticas se hallan felizmente hermanadas con las dianoéticas, lo que da origen a una no menos feliz concordancia de las bondades de la obra con las de su creador.
“Antonio Caso fue uno de esos seres privilegiados. Por ello, no es posible hablar simplemente de sus libros, ya que no fue solo hombre de letras, sino hombre de bien. Inmenso era su amor a las ideas, pero jamás dudó que entre lo que se piensa y lo que se hace, debe haber perfecta armonía. Erudición, elocuencia, agudeza de ingenio, claridad en el discurso, rigor lógico, virtudes intelectuales todas, fueron siempre practicadas por él, con el propósito de exaltar los supremos valores de la belleza, el bien y la justicia; el imperativo de fidelidad a la vocación, el patriotismo que no excluye, antes bien demanda, el reconocimiento de nuestros defectos y la decisión de superarlos; el respeto a la dignidad de la persona, la lucha por el Derecho como deber de auto afirmación moral en el sentido de Jhering, la amistad desinteresada en sentido aristotélico, y sobre todo, la congruencia entre la acción y los principios, la conducta y los ideales.
“Quienes frecuentamos, entre 1925 y 1950, las Facultades de Jurisprudencia y de Filosofía, tuvimos muchos buenos Profesores y dos grandes maestros, en la más noble acepción de esta palabra: Antonio y Alfonso Caso. La diferencia que entre ellos y la mayoría de nuestros catedráticos era, precisamente, la que separa a estos dos términos: Maestro y Profesor. El Profesor es para el alumno la persona que cumple, con mayor o menor acierto, su función académica específica y nada más; el maestro, en cambio, no únicamente enseña, también educa. La acción de aquél se desenvuelve y concluye dentro del marco estrecho de la asignatura y el aula: la de éste rebasa tales límites y proyecta su influencia formadora sobre el horizonte total de la existencia del discípulo. El profesor transmite conocimientos, el maestro hacer pensar, es guía para la vida y suscita vocaciones y entusiasmo. De aquí que, a la diferencia entre profesores y maestros corresponda, en el polo opuesto, una distinción paralela entre alumnos y discípulos, pues el profesor tiene alumnos, en tanto que el maestro, quiéralo o no, pronto se ve rodeado por un grupo más o menos grande, de fieles seguidores.
“Don Antonio Caso estaba convencido de que el primer deber del filósofo consiste en la fidelidad a sus convicciones. Por su respeto a ellas, no pocos lo motejaron de intransigente; y ese respeto invariable, le hizo caer muchas veces en situaciones difíciles, de pobreza algunas, que siempre antepuso a cualquier actitud de implicar el sacrificio de sus principios. Su visión de la jerarquía de los valores era clarísima, y a ella ajustó, contra viento y marea, todos sus actos. ¿No es ésta la mejor lección que puede esperarse del hombre que consagra su vida a educar a la juventud?.
“No nos cansemos, pues, de mantener vivo el recuerdo de los ilustres varones que, como el autor de los Discursos a la Nación Mexicana, supieron realizar el paradigma del Maestro que ilumina con su saber, inflama con su elocuencia y edifica con su ejemplo.”
Es común que, como alumnos, es a través de los demás Cursos de la carrera donde calibramos ya la importancia del aprendizaje de los tópicos de la materia introductoria, y muchas veces los sentimientos de crítica que vierten los alumnos sobre los profesores que tenemos la fortuna de enseñarles exigentemente esas bases, se conviertan paulatinamente, y a través de toda la vida, en un maduro sentimiento de agradecimiento y recapacitación sobre su utilidad posterior. Ello se explica, por sí solo, si observamos el inmenso reconocimiento y gratitud que le profesamos a Don Eduardo García Máynez todos los egresados de cientos de Escuelas de Derecho de nuestra América.
Tiene mucha razón el maestro García Máynez cuando dice que la pareja de términos Maestro-Discípulo “no indica superioridad intrínseca ni mayor importancia del primero respecto al segundo... El maestro de hoy fue discípulo ayer, y el que hoy es discípulo, quizá sea maestro mañana; así es ahora y así ha sido siempre, desde que la educación existe”. De ahí la razón del sabio consejo que Don Antonio Caso le dijo a Don Eduardo alguna vez:
“Eduardo, puede estar usted seguro de que el alumno más aprovechado de mi clase es Don Antonio Caso”.
En el Prefacio a la 50º edición de Introducción al Estudio del Derecho, Jorge Carpizo, su discípulo y amigo escribió - y se contienen a partir de dicha edición y subsecuentes - las ideas siguientes:
A don Antonio Caso le tuvo especial respeto y aprecio; coleccionó sus artículos periodísticos y entre sus documentos personales guardó páginas de diversos periódicos que narran el sepelio de tan distinguido pensador Antes de su viaje de estudios a Europa y después de su recibimiento profesional trabajó en Monterrey, como defensor de oficio federal.
En aquellos años era muy dificil tener la oportunidad de proseguir estudios de posgrado en el extranjero. No existían becas ni organismos que los apoyaran. Su madre vendió una propiedad para que pudiera trasladarse a Berlín y a Viena en 1932. En la primera se encontró con otro gigante del pensamiento jurídico y también humanista, don Mario de la Cueva.
Don Eduardo nos dejó el testimonio de que en la Universidad de Berlín el catedrático que más le influyó fue Nicolai Hartmann, fundamentalmente por sus obras de carácter axiológico. También enseñaban Baumgarten, Spranger y Schmitt. Stammler no hacía mucho que se había jubilado y retirado al campo a reflexionar.
En Berlín don Eduardo literalmente se encerró a estudiar con verdadero frenesí. Don Mario de la Cueva narró a Jorge Carpizo que estudiaba un promedio de dieciseis horas diarias, incluídos los fines de semana; pasaba a saludarlo e invitarlalo a diversos espectáculos, casi nunca aceptó, aunque se tratara de conciertos que le fascinaban. Esos años berlineses fueron musicalmente espléndidos, la Filarmónica de Berlín estaba dirigida por Wilhelm Furtwüngler.
En Viena, lo impactó Alfred Verdross, a quien escuchó sus cursos de Introducción al Estudio del Derecho y de Filosofia Jurídica y quien influyó en su primera obra “El Problema filosofico jurídico de la validez del Derecho”.
A fines de 1933 regresó a México. En 1934 se desempeñó como abogado en el departamento consultivo de la Procuraduría General de la República y de 1935 a 1944 fue secretario de estudio y cuenta del Ministro Alfredo Iñárritu, en la cuarta sala de la Suprema Corte de Justicia. En esa sala también desempeñaba cargo similar, adscrito a otro ministro, don Mario de la Cueva. Estos dos ilustres maestros tuvieron una vida paralela: en estudios, en cargos universitarios, en su amor por la investigación y la docencia, en su entrega total a la Universidad Nacional. Fueron muy buenos amigos. Cuando don Mario tenía algún problema personal o duda académica, en varias ocasiones le escuchó: ¿con quién comentaré esto? Invariablemente se contestaba “con Eduardo”.
La experiencia de ambos en la Suprema Corte les fue muy útil para sus estudios jurídicos y filosóficos. Otro gran Maestro e investigador, don Héctor Fix-Zamudio, que tuvo igual cargo en ese Alto Tribunal, refiriéndose a ellos, manifestó: “Puedo señalar, en virtud de que también tuve esta experiencia, que es muy enriquecedora para conocer la eficacia de las normas jurídicas a cuyo conocimiento contribuyeron tanto esos dos ilustres humanistas mexicanos.”
En 1934 comenzó su actividad docente en la hoy Facultad de Filosofia y Letras en las materias de Etica y Filosofia Griega; en Derecho enseñó Filosofia Jurídica e Introducción al Estudio del Derecho, muy posteriormente impartió durante algunos años Filosofia del Derecho. Durante varias épocas las enseñó, aunque cada día se fue dedicando más a la investigación.
Fue subdirector de la Facultad de Filosofia y Letras y de 1940 a 1942 su Director; cargo que en 1953 volvió a ocupar.
Especialmente en su primer período como Director, desplegó con todo esplendor su espíritu creador: fundó en 1940 el Centro de Estudios Filosoficos - hoy Instituto de Investigaciones Filosóficas -, del cual fue durante veinte años su director - de 1945 a 1965 - al lograr, en los últimos días de 1944, que se autonomizara de la Facultad de Filosofia. Creó el “Boletín Bibliografico” y “Filosofia y Letras”, la cual dirigió durante sus dos primeros años. Comenzaron a editarse las series de “Monografias Jurídicas”y “Monografias Filosóficas”, la “Colección de Textos Clásicos de Filosofia “y los “Cuadernos del Centro de Estudios Filosóficos”, que publicaron libros claves del pensamiento universal de esa disciplina.
Como director del Centro autónomo, creó el prestigiado Anuario “Diánoia”y la “Colección de Diánoia”, que editó muy importantes libros durante su período.
Fue Secretario General de la Universidad en dos ocasiones consecutivas durante los rectorados de don Afonso Caso y de don Genaro Fernández Mac Gregor.
Fue gran creador de empresas académicas y universitarias que perduran en nuestros días. Su aliento vivificador se siente cotidianamente en ellas.
Se entregó plenamente a su Universidad a la cual ofrendó todo lo que era, encontró la atmósfera e instrumentos para desarrollar una de las carreras académicas más brillantes de este siglo mexicano: funcionario académio, llegando a ocupar el segundo lugar en su jerarquía de autoridad, creador de instituciones, editor de obras importantes, investigador, catedrático, voz moral y orgullo de la misma. En síntesis: un gran humanista.
Su Universidad Nacional lo distinguió con sus máximos honores: primer académico en toda su historia que fue designado, a la vez, investigador e profesor emérito, en 1968 y 1973. En 1978 le otorgó el grado de Doctor Honoris Causa y en 1987 el premio Universidad Nacional.
Sus inquietudes universitarias lo llevaron a presentar al presidente Manuel Avila Camacho y al Secretario de Educación Octavio Véjar Vázquez, un proyecto para fundar cinco universidades regionales para que la única gran Universidad no fuera la Nacional -, idea inspirada en don Justo Sierra. Dichas autoridades lo vieron con simpatía, detenido por intereses diversos. Don Eduardo se sentía satisfecha que del proyecto de la Universidad del Norte nació la idea del Instituto Tecnológico de Monterrey.
Como profesor fue magnifico, porque también era un espléndido expositor que captaba completamente la atención de los alumnos. Cuidaba mucho sus expresiones, claro y preciso, pero en forma bella. Sus clases de una hora de duración parecían de diez minutos. El tiempo corría y el alumno deseaba que se detuviera para seguir escuchándolo.
Su palabra fue escuchada más allá de su Universidad en muchas instituciones del interior del país, pero también impartió un número incontable de conferencias en universidades de toda América y de Europa.
Sus lectores podrán comprobar su gran preocupación por un empleo correcto y elegante del lenguaje.
Fue el primer director - ahora Rector - del Instituto Tecnológico de México el ITAM- de 1946 a 1952. Condujo el Instituto Cultural Mexicano-Alemán Alejandro de Humbolt, parte de la Embajada Alemana.
Fue un gran creador y universitario, un gran maestro, un gran investigador, un gran director de instituciones académicas y de cultura. Si sólo lo pudiera describir con dos palabras, diría: un gran humanista. Humanista antes que todo. Humanista sobre todo. Un inmenso humanista. Humanista universitario de la estatura de Antonio y Alfonso Caso, Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Mario de la Cueva, Samuel Ramos, Antonio Gómez Robledo, Ignacio Chávez, José María Garibay, Jaime Torres Bodet, para no citar a ninguno de los que aún viven para nuestra fortuna.
Don Eduardo García-Máynez fue un ilustre jurista. Fue un ilustre filósofo; declaró que acudió a la Filosofia para entender mejor el Derecho y que deseó ser jurista para convertir en asunto de meditación filosófica una realidad que hunde sus raíces en las necesidades y afanes de la vida práctica.
Ser un gran filósofo del Derecho es muy difícil, porque resulta indispensable dominar ambas disciplinas, complicadas y extensas. Don Eduardo lo logró, colocándose como uno de los grandes pensadores en dicha disciplina y quien incluyó en importantes autores extranjeros.
Creyó en la objetividad de los valores aunque afirmó - su conocimiento dista de ser perfecto por la “estrechez del sentido de lo valioso” - de acuerdo con la expresión de Nícolai Hartmann -. Las diferencias entre las valoraciones de diversos hombres, sociedades y épocas se deben precisamente a esa limitación del conocimiento estimativo.
Don Eduardo, en el discurso que pronunció en la ceremonia de su recepción como miembro de El Colegio Nacional el 28 de abril de 1958, se refirió a la evolución de sus intereses académicos: “Los tópicos que desde mis años de estudiante atrajeron principalmente mi atención fueron los de carácter axiológico. A ellos dediqué mis primeros afanes, y el amar a estas cuestiones es todavía patente en un libro que vio la luz en 1948”.
El Maestro se preocupó par la aproximación del Derecha y la Etica en virtud de que la moral y lo legal, aunque independientes y diversas, no pueden ignorarse uno a la otra, ni mucho menos puede considerarse que son incompatibles, y es la noción de justicia, sobre el fundamento y el apoyo de la teoría de las valores, la que conecta, la que sirve de camino comunicador a estas dos áreas del conocimiento humano y a las disciplinas que la estudian.
En ese discurso - realmente una cátedra - expresó cómo y por qué se interesó en la Lógica Jurídica y en la Ontología Formal del Derecho, cuyos frutos fueron obras muy importantes que contribuyeran en mucho a su gran fama. Dijo que desde sus años europeos se preocupó por el pensamiento de Kirchmann, quien le negó a la jurisprudencia toda valor científico, en virtud de que la ley positiva es mero arbitrio “y, en consecuencia, puede violentar e infringir las principias del ius naturae”. De Kirchmann, lo que se recuerda es principalmente una oración: “Tres palabras del legislador y bibliotecas enteras se convierten en basura”.
Pues bien, la preocupación de don Eduardo fue de mostrar que la ciencia jurídica tiene carácter científico, y a partir de este principio desarrolló trascendentales teorías:
“Al redactar en 1939, mi ensayo ‘Libertad, como Derecho y como Poder’, pude percatarme, con no escasa satisfacción, de que en el ámbito del derecho existen - contrariamente a lo que Kirchmann suponía - ciertas legalidades de naturaleza apriorística y valor universal, que escapan por completo al arbitrio del autor de la ley”.
“Principios como: ‘Todo lo jurídicamente ordenado está jurídicamente permitido’ o ‘lo que está jurídicamente permitida pero no jurídicamente prescrito puede libremente hacerse u omitirse’, expresan conexiones de esencia entre las varias formas de la conducta que el derecho regula (‘lo permitido, lo prohibido, lo ordenado y lo potestativo’) y valen, a fortiori, para todo orden jurídico, independientemente de los contenidos históricos de cada sistema.”
“Al descubrir estas legalidades comprendí que - por su mismo carácter de verdades de razón - no podían ser vulneradas por los órganos legislativos. Pues aun cuando cualquier Parlamento esté en condiciones de vedar hoy lo que ayer permitía o de convertir en potestativo un comportamiento que antes era obligatorio, no puede, aunque se lo proponga, impedir que la conducta no prohibida jurídicamente, esté jurídicamente permitida, o que la jurídicamente obligatoria sea, a la vez, conducta lícita”.
“Los principios ontológico-jurídicos no son normas expedidas por el legislador; sino ‘verdades de razón’ - en la acepción leibniziana -; no son útiles para resolver problemas prácticos, sino que son lo inmutable y lo cientifico que existe en la teoría jurídica; por tanto afirma - su tipo de validez no difiere del que tienen los teoremas de Euclides para el orden geométrico y, en consecuencia, no pueden se reformados o alteradas por ningún legislador.”
Los esfuerzos por tratar de demostrar que el Derecho es una disciplina científica y dotarlo de la estructura e instrumentos para analizarla con tal carácter, deben mucho al Maestro García-Máynez. Algunos de los grandes pensadores de la Teoría General del Derecho también manifestaron, casi simultáneamente, preocupaciones similares.
Otro gran tema que había inquietado al Maestro fue el de la justicia. Deseaba leer a los autores griegos clásicos en su idioma original. Pasados los sesenta años se puso a estudiar griego clásico. Él, el gran Maestro, el gran personaje universitario, regresó al salón de clases como estudiante en el seminario de textos griegos que impartía Bernabé Navarro quien, por cierto, siempre estuvo cerca de don Eduardo.
Logró su cometido y con esa herramienta - la traducción espléndida del griego clásico - se abocó a estudiar y comentar las teorías sobre la justicia de Aristóteles y de Platón en cuatro espléndidos libros de especial belleza.
Así regresó a sus preocupaciones por la Etica y sus relaciones con el Derecho. Comenzó sus investigaciones y las terminó con las de carácter axiológico.
Cuando sus fuerzas fisicas comenzaban a debilitarse, una de su mayores preocupaciones era dejar inconcluso el tomo tercero sobre “La justicia en Platón”, lo que afortunadamente para nosotros no aconteció; vio la luz en 1988. Aún tuvo tiempo para publicar al año siguiente el libro: “Semblanzas, discursos y últimos ensayos filosófico-jurídicos”.
La obra escrita que nos legó es inmensa en calidad y cantidad. Citaré las que todavía no he mencionado, que consideró muy importantes:
De su primeros años productivos: “Libertad, como derecho y como poder”, “Etica” y “La definición del Derecho. Ensayo de perspectivismo jurídico”.
Sus libros sobre lógica jurídica: “Introducción a la lógica jurídica”. “Los principios de la Ontología Formal del Derecho y su expresión simbólica”, “Lógica del Juicio Jurídico” y “Lógica del Concepto jurídico”.
Respecto al pensamiento kelseniano: “Positivismo jurídico, realismo sociológico y iusnaturalismo”, “Algunos aspectos de la doctrina kelseniana. Exposición crítica”.
Regresó a sus inquietudes jurídicas estrechamente vinculadas con la filosofía:
“Filosofia del Derecho” y “Diálogos jurídicos”.
Sus obras sobre la justicia en filósofos griegos clásicos: “Doctrina aristotélica de la justicia. Estudio, selección y traducción de textos” y “Teorías sobre la justicia en los diálogos de Platón “, tomos I, II, III.
Su bibliografía abarca la publicación de folletos; antologías - de los dos Caso -; incontables artículos publicados en prestigiadas revistas especializadas de muchos países de América Latina y de Alemania, Austria, Estados Unidos e Italia y numerosas reseñas bibliográficas. Varios de sus libros y artículos fueron traducidos al inglés, alemán, francés e italiano.
Todavía le alcanzaba el tiempo para traducir libros y artículos del alemán y del inglés. Destaco la traducción de obras que han servido en forma extraordinaria a los lectores y estudiosos de lengua española: “Concepto y formas fundamentales del derecho. Esbozo de una teoría formal del derecho y del Estado sobre base finomenológica” de Fritz Schreier. “Economía y Sociedad” de Max Weber en la parte correspondiente a la Sociología del Derecho en su tomo 1 y “Teoría General del Derecho y del Estado” de Hans Kelsen.
Parece increíble que una existencia haya sido suficiente para escribir una obra tan monumental desde todos puntos de vista. Para ello es indispensable que se conjuguen diversos factores - lo cual excepcionalmente acontece -: talento, preparación, dedicación, entrega apasionada, disciplina, organización y amor a la cultura y a la ciencia. El Maestro reunió todas esas virtudes y el resultado es una obra extraordinaria que nos regala, para nuestro júbilo, a juristas, filósofos y a todas aquellos interesados en la cultura.
La obra de don Eduardo ha atraída la atención de numerosas juristas y filósofos. Hans Kelsen se refería a él con respeto.
Cito únicamente dos de los más importantes ensayos sobre su pensamiento: el profesor de la Universidad de Turín, Norberto Bobbio, escribió un artículo intitulado “La Lógica Giuridica di Eduardo García Máynez”, que se publicó en Milán; y la profesora de la Universidad de Génova, Raffaela Petraroli, redactó un ensayo sobre “L’Ontología Farmale del Diritto di Eduardo García Maynez”.
Además de los premios que recibió, vale la pena destacar otros: México lo distinguió con las máximas honores que confiere: miembro de El Colegio Nacional, el Premio Nacional de Filosofia y la medalla Belisario Domínguez.
A ellos se suman muchas otras: Catedrático honorario fundador de la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos de Guatemala; profesor honorario de la Facultad de Derecho de la Universidad Mayor de San Marcos de Lima; Presidente honorario de la Sociedad Mexicana de Filosofia; premio Elías Sourasky de Ciencias; y premio anual de Derecho Jorge Sánchez Cordero.
Me refiero ahora a don Eduardo García-Máynez, al ser humano; a algunas fases personales de este hombre excepcional.
Como todo hombre verdaderamente inteligente fue modesto. Le disgustaba que lo lisonjearan. Se conocía bien a sí mismo y ello le brindaba equilibrio interno. Las siguientes palabras lo dibujan muy bien:
“...nunca me he sentido un maestro, ni he tratado de formar discípulos, aun cuando por mis aulas hayan pasado tantos jóvenes. Creo, en efecto, que únicamente soy, y sólo he querido ser, durante mis largos años de vida universitaria, un inquieto y tenaz estudiante...”
Fue un hombre muy educado y amable. Quienes nos acercamos a él para hacerle consultas de la más diversa índole, siempre lo encontramos dispuesto a escucharnos, a orientarnos. Ciertamente a veces parecía distante y hosco, pero se debía a que tenía una personalidad recía y un carácter fuerte; y como estaba precedido de una fama de sabio - bien ganada y cierta -, imponía, y no todos los estudiantes tenían el valor de abordarlo, pero aquellos que lo hicimos, encontramos un ser humano sencillo, generoso y cordial.
Transcurridos los años, tuve el especial privilegio de tratarlo de cerca y de comer con él y con don Fernando Flores García; a veces también nos acompañó don Héctor Fix Zamudio, mi querido Maestro y amigo. Fueran veladas deliciosas que mucho disfruté; platicamos de las actualidades internacionales y nacionales, de libros, de cine, pero especialmente de la Universidad Nacional, eran tiempos muy difíciles para ella y don Eduardo estaba muy preocupada y afligido. En los largos años en los cuales me desempeñé como funcionario universitario, cuántas veces recurrí a él para un consejo o una opinión, siempre lo encontré dispuesto a colaborar con su Universidad y conmigo.
Regreso a la evocación de esas comidas para decir que en ellas me percaté de que tenía un fino sentido del humor y una risa franca. ¡Cómo gocé esas horas juntas! También me di cuenta de que le gustaba disfrutar de la buena mesa.
Entre sus aficiones más apreciadas estaban la música clásica, la ópera, el cine y la literatura, especialmente la francesa. También le agradaba viajar y lo hizo mucho por razones de trabajo; realizó viajes de placer con su esposa, especialmente a Europa y era incansable para visitar todo aquello que representaba la cultura de esos países y ciudades.
Entre sus amigos más cercanos se pueden citar a don Christian Ortega, don Juan Olaguíbel, don Antonio y don Alfonso Caso, don Mario de la Cueva, don José Vasconcelos, Frida Kahlo, don Lais Recaséns Siches, don Eduardo Couture, don Joaquín y don Ramón Xirau, don Fernando Flores García, don Bernabé Navarro, don Rafael Moreno.
Su ambiente familiar fue tranquilo y sereno; su señora siempre lo respaldó y lo ayudó a resolver los problemas prácticos que se presentan en cualquier hogar.
Fue un hombre que llevó una vida ordenada; gozó de muy buena salud hasta unas años antes de morir. Como todo ser humano tuvo dolores y fuertes contrariedades, aflicciones y penas profundas, como la pérdida de su hijo primogénito, pero tuvo también muchas, pero muchas satisfacciones en su espléndida y luminosa carrera académica y universitaria, como intelectual y como humanista.
Fue fiel a su vocación y trabajó con fervor en lo que más le gustaba. En una ocasión alguien le comentó: - Maestro, trabaja usted demasiado y arduamente, realiza demasiados esfuerzas al dedicarle tantas horas al estudio.
Don Eduardo le contestó - palabras más, palabras menos -: - No realizo ningún esfuerzo, porque mi trabajo me proporciona placer.
Fue realmente una vida plena. Una estrella que brilló y brilla. Está con nosotros a través de su obra monumental. El mejor y más importante homenaje que cotidianamente recibe es que se le continúa leyendo y estudiando.
Falleció apaciblemente el 2 de septiembre de 1993, a los 85 años.
Estudiante, tú que comienzas a hojear este libro clásico del Derecho, tú que verificarás lo útil que te va a ser, lo claro y sencillo de su redacción y lo profundo de su pensamiento, recuerda que el Maestro García-Máynez lo escribió para los alumnos, para personas como tú.
Es muy probable que sientas la inquietud y la inclinación por continuar leyendo obras del Maestro. Muy provechoso te sería el estudio de su “Etica”. Posteriormente, podrías leer algunos de sus libros de creación, en los cuales mostró su maestría científica, como sus cuatro obras sobre la lógica jurídica. Si quieres gozar del rigor científico, del brío académico, aunado a la belleza, los tres tomos sobre la justicia en los diálogos de Platón te satisfarían plenamente.
La fructífera vida de don Eduardo García-Máynez nos deja múltiples enseñanzas: nada substituye el esfuerzo personal en esta existencia durante la cual siempre continuamos siendo un estudiante; cualquier labor hay que realizarla al máximo de nuestras capacidades, hacerla lo mejor que podamos; hay que ser fieles a nuestra vocación, porque si así lo hacemos, ello será fuente contínua de alegría interna; hay que darnos, hay que ser útiles a los demás en cualquier actividad que desarrollemos; la falta de modestia sólo prueba la carencia de inteligencia; conducir una vida digna, honorable y honesta ayuda en mucho a conseguir una cierta felicidad en la existencia; hay que ser leal consigo mismo; hay que tener y cultivar convicciones; hay que saber defender instituciones como las universidades, que son el motor para el avance del conocimiento.
Y hoy, a cincuenta y ocho años que se publicó la primera edición de su “Introducción al Estudio del Derecho”, somos muchos los que festejamos su aniversario de oro: las cincuenta ediciones, hecho insólito en la literatura jurídica de América Latina; celebramos este hermoso acontecimiento y a su ilustre creador: don Eduardo García-Máynez. Somos muchos los que rendimos homenaje al investigador, al maestro, al creador de instituciones, al universitario, al jurista, al filósofo, al hombre, pero, especialmente y sobre todo al humanista. ¡Qué vivo se encuentra el pensamiento del Maestro! ¡Qué joven son sus principales teorías! ¡Qué inquietas resuenan sus ideas!
Resulta imposible no asociar, en este homenaje, al editor de este libro y de gran parte de la obra del Maestro, la Editorial Porrúa, Casa que tanto ha hecho por la cultura mexicana y a la cual, a sus fundadores y a sus diversos directores, los mexicanos y los latinoamericanos tanto le debemos.
Don Eduardo García-Máynez, maestro de generaciones y más generaciones, ¡Presente!, remató Carpizo.